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Extractos - Javier Alvarado

Metafísica egipcia y religiosidad popular

Por Javier Alvarado
Dioses de Egipto

En una documentada monografía Eric Hornung ha efectuado oportunas precisiones sobre la religiosidad egipcia y concretamente sobre la supuesta acusación de zoolatría, panteísmo, politeísmo y otras manifestaciones de la devoción popular. Por supuesto que, como ya hemos advertido en otras ocasiones, tales creencias fueron inducidas para facilitar la práctica del sentimiento religioso entre las clases populares [1], mientras que las doctrinas y especulaciones más filosóficas o metafísicas quedaban reservadas a las élites intelectuales y religiosas del país formada en las escuelas de escribas, “casas de vida” de los templos, etc. en las que se enseñaba que los dioses, más allá de su apariencia física, representaban fuerzas, aspectos o atributos del Ser Uno y Único.

Así, Amón significa etimologícamente “el oculto”, Atum es “el indiferenciado”, Huh es “Infinito”, Kuk son las “Tinieblas”, etc. Es decir, que bajo el nombre de los dioses se esconden conceptos filosóficos y metafísicos sobre la incomprehensibilidad de Dios. Por eso, la mayor parte de los egiptólogos actuales está de acuerdo en que los egipcios de la época de los faraones no creían que sus dioses tuvieran realmente un cuerpo humano y una cabeza de animal porque “ninguna de estas imágenes muestra la verdadera forma de una deidad y ninguna puede abarcar toda la riqueza de su naturaleza” [2]. Los egipcios distinguían nítidamente entre esas imágenes y “la verdadera forma” de Dios, que queda vedada a la vista humana.

De esta manera, no se podría calificar a la religión egipcia de zoolátrica desde el momento en que, aunque se acepte que la divinidad pueda tomar asiento o manifestarse a través de una imagen con algún rasgo animal, en todo caso, en Egipto solo se veneraba un ejemplar concreto, “mientras que sólo se puede hablar de «zoolatría» con la adoración de todos los animales de una especie” [3]. El egipcio distinguía entre la forma aparente de la divinidad, que tenía siempre un carácter simbólico que hacía referencias a sus atributos o cualidades específicas, y su naturaleza real, que permanecía “oculta” y “misteriosa”. Así, tales “atributos pueden sugerir la naturaleza de las divinidades y anunciar la presencia de una deidad, pero ningún dios se agota en sus atributos” [4]. Calificar tales actitudes como zoolátricas sólo llevan a distorsionar las manifestaciones generadas por la piedad popular de todos los tiempos, incluido el culto cristiano al “cordero de Dios que quita los pecados del mundo”, a la paloma del Espíritu Santo, las representaciones zoomorfas de los Evangelistas, etc. Privar de valor místico, teológico o simbólico a tales manifestaciones religiosas, nos llevaría a calificar de necrofilia el culto a las reliquias de los santos y de antropofagia o teofagia al sacramento de la comunión cristiana.

Por otra parte, el zoomorfismo de la religión egipcia “tampoco lleva a un panteísmo, porque son sólo determinadas especies animales las que son adjudicadas a una divinidad, muchas veces además limitadas a un único lugar de adoración” [5]. Consecuentemente, tampoco es acertado calificar la religión egipcia como panteísta porque “si la religión egipcia ha producido, con su amontonamiento de formas de manifestación y de combinaciones de dioses, fenómenos que recuerdan el panteísmo, este parentesco es casual y superficial. Porque el egipcio no ha tenido nunca el deseo ni la voluntad de divinizarlo todo. El dios creador egipcio también se revela en su creación, pero no se funde con ella. Aunque su naturaleza se amplíe a través de nuevas formas y epítetos, nunca se hace idéntica al “universo”, que, para el egipcio, contiene ámbitos que no son divinos. “Por tanto no es posible, en rigor, hablar de un panteísmo en la religión egipcia” [6].

Igualmente, la alternativa monoteísmo/politeísmo no solo no contribuye a explicar la religiosidad egipcia sino que incluso impide comprender determinados aspectos de su metafísica. En diversos textos, como el pasaje 261 de los Textos de los Sarcófagos en que se narra la creación de los dioses, se especifica que fueron creados por el “Señor Único... cuando aún no habían surgido dos cosas en el mundo” (CT III, 383 a), es decir, antes de que existiera la primera diferenciación. Y de esa primigenia dualidad, es decir, de esas “dos cosas”, surgen las subsiguientes dualidades, los “millones” de formas de la creación.

Y aunque los textos documentan diversas invocaciones al “Dios único sin igual” creador de los demás dioses egipcios, el hecho de que algunos de esos dioses fueran a su vez considerados como “el más grande” o el “único” se explica en que, para la religiosidad egipcia, cualquier divinidad es considerada como un atributo, potencia o modalidad espacio-temporal del Dios Uno y Único. Precisamente para salvar las contradicciones a que lleva el calificar de politeísta o panteísta, modernamente algunos autores han acuñado el término “henoteísmo” o “monolatría” para definir la creencia en el Dios Uno o Único que se manifiesta en diversas hipóstasis.

Ahora bien, para el egipcio, el concepto del Dios Único tiene unos perfiles muy singulares dado que la unidad absoluta de Dios sólo puede ser concebida fuera de la Creación, es decir, más allá del tiempo y del espacio. El mundo, el Ser, procede del Uno que es también Único. Y ese Uno Único es el No-Ser [7].

Diversos autores han defendido las concepciones monoteístas de los antiguos egipcios basándose, entre otras pruebas, en la etimología de la palabra ntr «dios», que se pronuncia intercalando dos vocales; netcher. Este término es empleado, por ejemplo, en la literatura didáctica egipcia (los “textos sapienciales” también denominados “enseñanzas para la vida”) para distinguir entre “Dios” en singular, y los nombres concretos de los diferentes dioses, lo que apunta a que la diversidad de dioses o nombres son sólo hipóstasis o manifestaciones del Uno, ntr. Así; “No ejerzas la violencia entre las personas, pues Dios castiga con lo mismo [...] Nunca se ha ejecutado la violencia humana, sino que aquello que Dios ha dispuesto, ocurre” (Ptahhotep, 6.ª máxima). O también; “El ser humano es barro y paja, Dios es su arquitecto. Él destruye y construye a diario, crea mil interiores según su gusto, convierte a mil personas en supervisores si está en su hora de la vida. Cómo se regocija aquel que ha alcanzado el Oeste [el reino de los muertos] y está a salvo en la mano de Dios” (Amenemope, capítulo 25). Dichos autores afirman que la idea de que todos los dioses no son en el fondo más que manifestaciones, hipóstasis de otro dios, era común en el antiguo Egipto; el ejemplo más impresionante es la “Letanía Solar”, recogida por escrito por primera vez hacia el 1500 a. C.” [8].

Por otra parte, el supuesto politeísmo egipcio más bien parece descansar en una cuestión semántica; por ejemplo, ¿cambiaría el criterio de algunos expertos actuales si los egipcios hubieran denominado ángeles a sus dioses? Lo cierto es que los dioses egipcios no parecen ser dioses en el pleno sentido del término pues ¿cómo pueden ser considerados realmente dioses aquellos que son asesinados (por ejemplo, Osiris) o que nacen (Horus)? ¿Cómo pueden reputarse como dioses aquellos que, como la mayoría de las divinidades egipcias, sólo tienen influencia dentro de un ámbito geográfico determinado? En buena medida, todo esto es consecuencia de la devoción popular que, incapaz de concebir la unidad de lo sagrado, necesita confiar en la protección de diversas divinidades que estén a cargo de la familia, la salud, los senderos del desierto, su ciudad natal, las cosechas, la fertilidad del ganado, las crecidas del Nilo, etc.

Lo cierto es que, aunque hay dioses limitados por el tiempo, o factores geográficos, e incluso hay dioses “grandes” (wrw) y “pequeños” (ndsw), todos ellos son generados por un dios primigenio. Así por ejemplo, en el conocido “monólogo del señor universal” recogido en los Textos de los Sarcófagos se dice; “Yo hice surgir a los dioses de mi sudor, pero a los seres humanos de las lágrimas de mi ojo” [9]. Esta creencia en un “padre de los dioses” primigenio y universal, que ha creado a todos los dioses y demás seres ¿puede considerarse una forma de monoteísmo?

Con todo, incluso el dios egipcio más alto concebible parece estar sometido a los condicionamientos del tiempo y del espacio. Tenemos documentado el título de “rey de los dioses” (njswt-ntrw) en las fórmulas rituales de la pirámide del rey Meope/Pepi I (hacia el 2292-2260) [10]. Y más claramente, en los Textos de los Sarcófagos, aparece otra denominación frecuente para el Ser Supremo (Nb-r-dr) que suele traducirse como “Señor Universal”, pero que significa literalmente “señor-hasta-el final”, lo que explicita la idea de que también el poder del dios supremo tiene un fin. De hecho, este Dios padre primordial no es “no creado”, porque no está presente desde la eternidad, sino que surge durante la creación “cuando aún no había surgido ningún dios y no había sido concebido el nombre de cosa alguna”. Por tanto, el mundo antes de la creación es un mundo sin dios y sin dioses. Sólo con la creación surge un primer dios primordial que después llama a la vida a las demás fuerzas del Ser (deidades) [11].

Notas:
  1. También en las diferentes religioses monoteistas actuales cabe distinguir entre una élite de teólogos que cumplen cierta función de guardianes del dogma, y las manifestaciones más populares que gustan del culto a arcángeles, ángeles, vírgenes, santos, beatos y demás personajes relevantes. Incluso muchos seguidores de una religión tan radicalmente monoteísta como el Islam, algunos de cuyos practicantes consideran el culto cristiano a la Santísima Trinidad como una pervivencia politeísta, han sucumbido a estas tendencias populistas que rinden “culto” local a personajes históricos (familiares del profeta Mahoma, místicos o gobernantes relevantes).
  2. Eric Hornung, El Uno y los Múltiples. Concepciones egipcias de la divinidad, cit., p. 115.
  3. Eric Hornung, El Uno y los Múltiples. Concepciones egipcias de la divinidad, cit., p. 126.
  4. Eric Hornung, El Uno y los Múltiples. Concepciones egipcias de la divinidad, cit., p. 110 que sigue en esto a H. Frankfort, Ancient Egyptian Religion, New York, 1948, p. 12, entre otros.
  5. Eric Hornung, El Uno y los Múltiples, cit., p. 126.
  6. Eric Hornung, El Uno y los Múltiples, cit., p. 118.
  7. Suele afirmarse que el pensamiento egipcio descubrió el monoteísmo a partir de las reformas religiosas de Akhenatón, lo cual es incierto. Akhenatón, al negar la existencia de la pluralidad de dioses dejaba de considerar al Uno y a los Múltiples como concepciones complementarias que a partir de ese momento se excluían radicalmente la una a la otra. Sin perjuicio de factores de orden metafísico que debieron inspirar al joven monarca, conviene observar que las reformas de este periodo histórico han de situarse en la lucha política sostenida por el faraón y la clase sacerdotal. Akhenatón pretendía ser el único mediador entre el pueblo y la nueva religión de modo que combatirá la posibilidad de que cualquier devoto o sacerdote pudiera ser intérprete de los seres intermediarios o de un solo Dios, pues ello únicamente le correspondía a él como Faraón. En calidad de tal, corresponde personalmente al monarca, y a nadie más, establecer la “doctrina” de Atón y revelarla a sus súbditos. So capa de monoteísmo, se escondía una lucha por debilitar el poder de la clase sacerdotal como mediadora entre los dioses y los hombres.
  8. Jean Vergote, “La notion de Dieu dans les Livres de sagesse Égyptiens”, en SPOA, p. 159-190. E. Drioton, “Sur la Sagesse d’Amenemopé”, en Mélanges rédigés en l'honneur d'André Robert, París, 1957, pp. 254-280.
  9. Se basa en un juego de palabras a propósito de la similitud de los términos “ser humano” y “lágrima” (CT VII 464 y s).
  10. Pyr. 1458 e.
  11. La mejor recopilación S. Sauneron y J. Yoyotte en “La naissance du monde”, Sources Orientales I (1959), pp. 17-91.