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Extractos - Steve Taylor

Ananta

“Me dejé llevar” ― la historia de Ananta

Por Steve Taylor

La historia de Ananta Kranti es diferente de otros casos de Transformación a Través del Trauma (TTT) en el sentido de que ella tenía algún conocimiento y experiencia de la espiritualidad antes de su transformación. Ya se había convertido en una investigadora espiritual dedicada antes de ir a la cárcel. Su experiencia transformadora en la cárcel le hizo pasar de investigadora a descubridora.

Como muchas personas que experimentan un despertar espiritual, Ananta tuvo unos primeros años de vida difíciles, en una familia disfuncional llena de discordia. A los diecinueve años se fue de vacaciones a España y decidió no volver. No tenía dinero ni un lugar donde vivir, pero tenía confianza y un espíritu libre, y era una chica de la calle. Vivía a duras penas, trabajando en clubes o dando masajes (sin ningún aspecto sexual) y a veces durmiendo a la intemperie. Al cabo de unos meses, se enamoró de un rico saudí que se convirtió en su pareja durante diez años. Por desgracia, él la introdujo en las drogas duras. Antes había tomado LSD y fumado marihuana, pero ahora empezó a consumir cocaína y más tarde heroína:

Después de unos años con el tipo árabe, era adicta y tomaba heroína con él y me hundí en un pozo muy profundo. Había mucho dinero, pero yo estaba muy deprimida. Veía a través de la ilusión del mundo material. Mi pareja era multimillonaria y era profundamente infeliz. Eso puso fin a mi búsqueda de la felicidad material. Se encendió mi llamada a la verdadera libertad. Al terminar mi búsqueda material, mi búsqueda espiritual se hizo consciente.

Ananta había ahorrado algo de dinero y decidió ir a Tailandia para curarse y dejar la heroína. Allí sintió la misma sensación de liberación que cuando había dejado Inglaterra unos años antes, y decidió no volver a España. De Tailandia viajó a Japón, tras enterarse de que había demanda de chicas jóvenes europeas ―sobre todo de pelo rubio y ojos azules como ella― para trabajar como azafatas en clubes de hombres de negocios. El trabajo estaba tan bien pagado que sólo tenía que trabajar tres meses y estaba libre el resto del año. Permaneció en Japón durante varios años, viviendo una vida hedonista, pero con la creciente conciencia de que ese modo de vida no podía traer la felicidad:

Se hizo realmente evidente que, por muy libre que fuera, había algo en mi interior que necesitaba una respuesta. Todas las fiestas, todas las relaciones amorosas, y todo el éxtasis que tomábamos en ese momento sólo apuntaba a la depresión. Había algo que faltaba, algo que necesitaba una respuesta. Eso me llevó a buscar ese algo más profundo. Alguien me dio un libro de Osho. En cuanto leí ese libro, fue como una explosión. Reconocí inmediatamente que lo que él decía era la respuesta a esta llamada.

Ananta se sintió llamada a alejarse del hedonismo y de sus conexiones con las drogas y a seguir un modo de vida espiritual. Dejó Japón para ir a la comunidad de Osho en la India, decidida a alejarse de todos sus condicionamientos y abrazar el silencio interior. Tras meses de práctica espiritual, hizo Sannyas (votos espirituales) para renunciar a todo el pasado y emprender una nueva vida espiritual. (Aquí es donde se le dio el nombre de Ananta).

En ese momento, Ananta estaba preparada para dejarlo todo y sumergirse por completo en su nueva vida espiritual. Sin embargo, se estaba quedando sin dinero y decidió volver a Japón para hacer una última temporada como azafata. Poco después de su llegada, una amiga de Londres se puso en contacto con ella para decirle que tenía una gran cantidad de LSD de alta calidad. Casualmente, Ananta había oído hablar de un hombre que buscaba LSD y se lo comentó a su amiga. Sin avisarle de antemano, su amiga voló a Japón y llegó a su puerta con el LSD. Sin embargo, el posible trato no se produjo. La amiga de Ananta se quedó temporalmente en su piso y luego tuvo que abandonar Tokio por un tiempo. Le preguntó si podía dejar el LSD con Ananta por el momento, y ella aceptó.

Cinco días después, la policía hizo una redada en el piso de Ananta y encontró el LSD. Fue detenida y pasó los tres años siguientes encarcelada, en condiciones mucho más severas de las de cualquier prisión europea. A los presos no se les permitía hablar y trabajaban largas horas en una fábrica en terribles condiciones, como si fueran esclavos. Los guardias los trataban con desprecio y crueldad. Además, Ananta era la única occidental en su bloque de prisioneros, lo que la convertía en un objetivo más y aumentaba su sensación de aislamiento.

Sin embargo, las dificultades y el trauma de su encarcelamiento la llevaron a un dramático despertar:

En el silencio de la prisión, había mucha agresión y violencia mental. Era muy dura. Muchos de los otros presos estaban allí por asesinato. Algunos llevaban allí quince años o más, y podía sentir su ira y su odio.

El trabajo en la fábrica era increíblemente duro. Lo que hacíamos un día, teníamos que hacerlo mejor al siguiente. Había recuento ocho veces al día como si fuéramos soldados. A veces tenía la oportunidad de susurrar, pero no se nos permitía hablar. No se nos permitía hacer ningún tipo de ejercicio, aunque finalmente nos dejaron hacer treinta minutos al día en nuestras celdas.

Después de meses de esto, estaba rota en todos los niveles. Estaba al borde del agotamiento, con un terrible dolor mental y físico. Todo lo que tenía en mi celda eran algunos libros de Osho que un amigo me había regalado durante mi juicio. Leía un par de páginas después de volver de la fábrica, y la sabiduría penetraba en lo más profundo de mí, directa e inmediatamente.

Un día volví a la celda desde la fábrica y estaba a punto de empezar a leer, pero no pude. Me dolía demasiado. Me recosté y me dejé caer en el dolor. Sabía cómo hacerlo gracias al trabajo corporal que había hecho. Sabía cómo respirar dentro del dolor y profundizar más y más. Pero el dolor de mi cuerpo era tan intenso que me costaba relajarme. Me recosté y seguí cayendo y cayendo en el dolor. Era insoportable, pero tenía que rendirme a él. No había nada más que hacer.

Luego me dejé caer en un espacio donde el cuerpo físico ya no existía. Ahí donde fuera que me había dejado caer se abría y se abría, en más y más luz, belleza, gratitud, libertad... Sólo me dejaba ir y me dejaba caer y caer. Sólo había eso, esta felicidad y amor hermosos.

Empecé a ir allí todas las noches. Me acostaba y me dejaba caer en esa libertad. Antes de eso, mi mente se volvía loca, pensando continuamente, mirando el calendario y tratando de averiguar cuándo podría ser liberada, ya que nunca nos dieron una fecha. Miraba el calendario toda la noche en mi celda en lugar de dormir. Pero ahora había un cambio hacia la aceptación. La gratitud me llevó a otro espacio, y no hubo ningún problema. Empecé a ver la broma que era todo. Había una sonrisa interior. Tuve una sensación de «me lo han quitado todo, pero no pueden quitarme esto». No podían quitarme el silencio interior y la dicha.

Fue la muerte de quien era yo, a través de una rendición cada vez mayor. Todas las máscaras cayeron. Y crecía cada vez más. Me encontraba en un estado de felicidad constante, a pesar de que en la cárcel continuaban las mismas condiciones y dificultades. Cuando comía, me elevaba más y más hasta que sentía que me convertía en la comida. Me sentía conectada con su crecimiento y con todo el proceso de preparación. Me elevaba por encima de la codicia hacia un lugar de gratitud y felicidad, y apenas necesitaba comer nada.

Cuando nos llevaban a la fábrica por las mañanas, veía el sol sobre el horizonte y oía el sonido de los pájaros, y era tan hermoso. Veía el valor de las cosas más pequeñas. Todo lo que podía hacer era estar con el milagro del momento. Estaba simplemente en el momento presente y había hecho las paces con el lugar donde estaba. Cuando te das cuenta de que tienes una libertad que no te pueden quitar, todas las cosas se vuelven preciosas y hermosas.

Empecé a ver a esos guardias tan brutales como si fueran los prisioneros. Sentí pena por ellos, porque yo iba a salir en algún momento, y ellos seguirían aquí. Sentí pura compasión por ellos, por muy mal que nos trataran.

Sin previo aviso, Ananta salió de la cárcel después de tres años. Como ocurre en casos parecidos, los despertares ―sobre todo cuando son repentinos y dramáticos― pueden ser difíciles de asimilar. A veces se necesitan años para integrarlos y permitir que un «transformado» (shifter en inglés: quien ha pasado por un cambio psicológico) vuelva a funcionar correctamente en el mundo cotidiano. Y a pesar de su conocimiento previo de la espiritualidad ―sin el cual el proceso habría sido probablemente aún más difícil―, Ananta pasó por una fase muy difícil de adaptación e integración:

No podía relacionarme con el mundo, y la gente no podía relacionarse conmigo. Ni siquiera podía mantener conversaciones con ellos. Cuando hablaban, no quería entablar una conversación superficial. Me sonaba a ruido. No tenía ningún interés en ello. Seguía teniendo mi propia forma de comer y la gente me miraba como si hubiera algo malo en mí. Mi familia quería que buscara ayuda.

Me habían quitado todos los roles sociales. Cuando me deportaron de Japón y volví a Inglaterra, me exigieron que volviera a interpretar esos papeles, y fue como: «¡Oh, no, yo no soy eso!» Vi cómo el ego se reconstruía. Hubo un verdadero período de confusión que duró unos tres años. No sabía cómo interpretar esos roles y funcionar en este mundo.

Esto fue en 1997, antes de que la no-dualidad y los satsangs se conociesen en Europa. No podía explicar a nadie lo que había pasado. No sabía que esto era el despertar. Mi idea de la iluminación era algo diferente. No creía que pudiera estar iluminada porque todavía tenía sentimientos y emociones. Pensaba que las personas iluminadas estaban serenas y en paz.

Pero en el año 2000 fui a ver a un profesor que me confirmó que el reconocimiento y el cambio se habían producido. Esa confirmación fue realmente importante. Empecé a integrarme y a funcionar de nuevo en el mundo. Descubrí que era capaz de llevar a otros a la experiencia directa del despertar. Pero también descubrí que el despertar no es suficiente por sí mismo. ¿Cómo se vive en el cuerpo-mente? ¿Cómo te relacionas? La cuestión de la integración ―el proceso por el que había pasado― se convirtió en el centro de mi enseñanza.

Desde entonces, Ananta es una guía espiritual que trabaja con individuos y grupos. Sus enseñanzas se basan en el descubrimiento que hizo en una prisión japonesa: para despertar, tenemos que dejarlo todo. Tenemos que descender hasta nuestra verdadera esencia, más allá de todos los roles y apegos. Y luego tenemos que integrar esta realización en nuestra vida ordinaria. Ananta describe el objetivo de su trabajo como «llevar el simple reconocimiento directo de la realización de nuestra verdadera naturaleza, a través de todo lo que parece entrar en juego a todos los niveles, hasta la extraordinaria ordinariez de la vida misma. ¡Nunca más nada será lo mismo y no habrá vuelta atrás! Desde aquí caminamos por esta tierra como seres humanos divinos».