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El momento descendente de la meditación
Por Vicente MerloEn Occidente el término «meditación» se ha asociado generalmente a la reflexión filosófica, en el sentido de manejar conceptos y elaborar teorías, no cabe duda de que en las tradiciones occidentales se ha entendido y practicado también en el sentido que nosotros vamos a entender aquí, especialmente en las tradiciones místicas, contemplativas.
Sin embargo, actualmente suele asociarse más a las tradiciones orientales, especialmente el hinduismo y el budismo, donde probablemente se ha tematizado de manera más profunda y completa, fruto de una práctica igualmente más sostenida.
Ahora bien, es posible hablar de una «espiritualidad transreligiosa», que ha bebido de distintas fuentes tradicionales, pero prefiere no identificarse con ninguna de ellas en particular, aunque las aprecie, las valore, las ame y las estudie. Sin ir más lejos, podría decirse que la psicología transpersonal tiende a una espiritualidad transreligiosa, como podemos ver en buena parte de sus principales representantes (K. Wilber, S. Grof, M. Daniels, J.N. Ferrer, por poner solo unos cuantos ejemplos). Pues bien, en ese sentido, creo que puede hablarse de una meditación transreligiosa, cuyo lenguaje no privilegia ninguna religión en particular, si bien puede incluir referencias a varias de ellas, integrándolas en un enfoque que no hay inconveniente en denominar laico, no en el sentido del laicismo excluyente de las religiones y en ocasiones enemigo de estas, sino significando la no pertenencia a una religión institucionalizada de manera exclusiva o incluso exclusivista.
Distintos momentos de la meditación
Me gusta distinguir entre meditación esencial y meditación integral. La primera constituye la «esencia» de la meditación, o si se prefiere, para no presuponer una concepción esencialista, tan combatida en algunas concepciones, como la budista, su característica más especifica. Podría decirse que ese «estado de meditación» es tanto la «base» como el «fruto», para utilizar estos términos frecuentes en el Dzogchen. Y que no consiste en un hacer más, no se trata de una acción entre otras, sino de des-cubrir nuestra realidad más profunda, que podría caracterizarse como «conciencia pura», o por decirlo con la célebre expresión vedántica, saccidânanda (sat, chit y ananda: ser, conciencia, gozo) o como «vacuidad luminosa», si se prefiere una expresión más cercana al budismo tibetano, sin pretender afirmar que se trate necesariamente de una misma experiencia tras tales expresiones, pues dejamos abierta la posibilidad de que cada tradición y cada práctica meditativa desemboque en una orilla distinta del gran océano de la emancipación.
Pero no es este aspecto fundamental de la meditación el que queremos desarrollar aquí, aunque compartamos que constituye el corazón de la meditación. Hay otros dos aspectos o momentos de la meditación, tal como la concibo cuando la meditación esencial se expande hasta convertirse en meditación integral. Esta última consta de un momento ascendente y de un momento descendente. El primero podríamos entenderlo como una purificación y armonización de todo nuestro ser. De ahí que, metafóricamente pueda entenderse como un ascenso a la montaña sagrada de nuestro ser y quepa distinguir entre la relajación corporal, la atención plena a la respiración, la instalación en la paz del corazón y la apertura afectiva, la calma mental y la observación de nuestro campo de conciencia, para finalmente situarnos en la cima de nuestro ser, que sería justamente este estado de conciencia pura, vacuidad luminosa o presencia pura.
De hecho, considero que ese momento ascendente de armonización resulta muy conveniente, si no imprescindible, para instalarse en esa esfera de conciencia amorosa cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Allí en la cumbre de nuestra conciencia, en nuestra realidad transpersonal más elevada, meditar es descan-Ser, descansar en el Ser. Vacuidad luminosa o Plenitud radiante. Quizás dos aspectos complementarios de la Presencia sagrada que es lo que somos, desde siempre y para siempre.
El momento descendente de la meditación
Supongamos por un momento que hemos conseguido una «buena meditación esencial», nuestro cuerpo se ha relajado, la atención a la respiración ha calmado nuestra mente y nos ha llenado de energía, nuestro corazón ha quedado en paz y nuestra mente en calma. Nuestro «ego», ese constructo psicológico que consiste en un conjunto dinámico y cambiante de patrones mentales, afectivos y conductuales, ha dejado de sentirse ser el centro de nuestra identidad y se ha producido una expansión de nuestra conciencia, morando en la cumbre de los Himalayas del Alma, como Presencia sagrada inefable. Espacio y tiempo parecen haberse trascendido. No hay nada más que hacer, innecesario pensar, radiante conciencia gozosa, sin esperar nada, sin desear nada, sin temer nada. Hemos llegado a Casa. DescanSer.
A partir de ahí comenzaría el momento descendente, que podemos entender como caracterizado por la integración y la irradiación. Integración de los estados de conciencia-energía alcanzados. Irradiación de las diversas cualidades sagradas intuidas o vividas. Recuperación de nuestras facultades, vistas a una luz nueva, que resultan ahora afinadas y afiladas para recrear las infinitas potencialidades de nuestro ser. El descenso supone el re-descubrimiento del valor de cada una de nuestras posibilidades. Así, al «descender» a la mente, si bien esta diríase ha «ascendido» a una nueva frecuencia vibratoria, tomamos conciencia de su poder-hacer. Por ejemplo, podemos cultivar un nuevo modo de pensar. Por una parte la mente se vive como un lago en calma, capaz de recibir estados superiores del ser, no solo conciencia y energía más elevada, sino también información más adecuada, más necesaria, más sutil, más clara. Así, por una parte, la mente destaca por una «receptividad» enorme, pues diríase recibe imágenes, símbolos, ideas, conceptos, desde esferas superiores de la conciencia. Pero, por otra parte, justamente eso posibilita una mayor «creatividad», como si frente al pensar mecánico, repetitivo, automático, se abriese paso un pensar original, creativo, novedoso, como si las Ideas platónicas, los Arquetipos del plano causal, las insinuaciones del Alma, encontrasen un terreno dispuesto a acogerlas y re-crearlas.
Otra facultad que puede cultivarse en el momento descendente de este tipo de meditación integral es la visualización creadora. Frente a la fantasía desbocada, involuntaria, egocentrada, disfuncional, se descubre el poder de la imaginación creativa. Como sabemos, tanto el tantra hindú como el tantra budista hacen de la visualización uno de los momentos principales de la meditación. Visualización de un mandala o yantra determinado, como forma de la «deidad» o «cualidad de lo real», al mismo tiempo que se pronuncia el mantra correspondiente, cual nombre secreto de dicho aspecto del ser. O bien se visualiza al gurú, el bodhisattva o el buddha sobre el que se elige meditar, como se realiza en el guru-yoga. El caso es que la visualización, que en la meditación transreligiosa bien puede ser de Luz blanca, dorada, violeta, o cualquiera de los colores del espectro con los que se desee trabajar en un momento determinado, acompañada o no de la pronunciación de un mantra, se revelan como herramientas fascinantes del momento descendente de la meditación.
No olvidemos que para que tenga sentido hablar de «meditación» en cuanto estamos esbozando, suponemos que al menos provisionalmente ha cesado la identificación estrecha con la mente y con el ego, y se continúa viviendo durante todo el proceso la identidad más amplia descubierta. De otro modo, volvemos a perdernos en un juego de la imaginación y el sonido, que permanecen egocentrados.
Pero, si del nivel de la mente (en un grado u otro de iluminación de la misma), tras el pensamiento receptivo-creativo, la visualización mediante la imaginación creadora y la pronunciación de un mantra en sentido estricto, como vibración luminosa con una frecuencia elevada, seguimos descendiendo a nuestro campo afectivo, vemos que también ahí se abre todo un mundo de posibilidades. Aquí se ve con mayor claridad el aspecto radiante del momento descendente. Y tomamos conciencia de que tras bucear en el océano de gozo, de amor, de compasión, de belleza, que se halla en el fondo de nuestro corazón, todo ello puede irradiarse en todas direcciones (recuérdese en el buddhismo la impresionante obra que es el Avatamsaka-sutra, en el que se ilustra perfectamente esa actitud irradiadora de los infinitos buddhas y bodhisattvas celestiales que comparten su luz y su compasión con los seres del inmenso universo multidimensional). Si podemos decir que la compasión es uno de los símbolos predilectos del budismo, al menos desde los Prajña-paramita-sutras y el comienzo del Mahayana, y que el amor es el símbolo favorito del cristianismo («Dios es Amor», «Amaos los unos a los otros», etc.), en una meditación transreligiosa podemos hablar de amor compasivo, no solo como síntesis teórica de ambas tradiciones, sino como descripción de un sentimiento transpersonal muy concreto que une ambas cualidades.
Ni que decir tiene que, en tanto que seres multidimensionales que somos, podemos ir uniendo cada uno de los aspectos trabajados: el pensamiento creativo, la visualización creadora de realidad sutil, la repetición mántrica de alta frecuencia vibratoria, la irradiación de amor-compasivo, etc. Por ejemplo, si descendemos a nuestra zona vital, unida a la respiración, podemos respirar la luz que estamos visualizando, y de ahí continuar el descenso meditativo hasta percibir-imaginar-intencionar (poner la intención) que esa luz, pongamos por ejemplo luz dorada, llega a impregnar todo nuestro cuerpo, bañando cada una de nuestras células, imprimiendo en estas una nueva vibración más elevada, armonizando y sanando. Como si también nuestro cuerpo físico pudiera convertirse en un cuerpo de luz, prefiguración del cuerpo arco-iris, o del cuerpo glorioso, sutil, pero luminoso y radiante, que quizás espera a nuestra plena iluminación.
Finalmente, para ir terminando, la propuesta de este tipo de meditación integral incluiría la irradiación de la luz y el amor compasivo, a toda la Humanidad y todo el planeta, incluyendo en este a todos los reinos que cooperan con nosotros en el desarrollo evolutivo en el seno de este Gran Ser, esta Gran Bodhisattva que es nuestra Madre Gaia. Hay múltiples fórmulas para que todo el proceso concluya con un compartir solidario con el resto de los seres. Por ejemplo: «Que todos los seres sean felices. Que todos los seres sean dichosos. Que todos los seres vivan en paz». O con algún mantra final, quizás el Om. O de manera más significativa: Om Brahman, Om Brahman, Om Brahman. O, en otro lenguaje: Que así sea, que así sea, que así sea.
Y, desde luego, no olvidar la importancia del momento post-meditación, la salida a la vida cotidiana, el lugar en el que mostrar que la armonización, la integración y la irradiación siguen presentes e intensifican el proceso de Transformación.

Vicente Merlo es doctor en filosofía, socio-fundador de la Sociedad de Estudios Índicos y Orientales (SEIO) así como de la Asociación Transpersonal Española (ATRE). Actualmente es presidente de la Asociación Akasha (www.espaiakasha.org). Autor de quince libros, entre ellos, Las enseñanas de Sri Aurobindo (Kairós); Meditar, en el hinduismo y el budismo (Kairós), Sabiduría y gratitud (Kairós); Espiritualidad transreligiosa (La Llave); Meditar es descansar en el Ser: meditación esencial y meditación integral (Mandala). / Más info