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Artículos - Sri Aurobindo

La alegría de ser

Por Sri Aurobindo

Algo acerca de su vida

Aurobindo

Sri Aurobindo nació en Calcuta (India) el 15 de agosto de 1872. A la edad de 7 años fue enviado a Inglaterra, donde pasó los siguientes años de su vida. En 1889 ingresó en Cambridge, con una bolsa de estudios concedida por la St. Paul's School de Londres, en donde coronó brillantemente sus estudios con mención de primera clase.

Sri Aurobindo escribió en cierta ocasión una carta sobre la práctica del yoga: “Comencé mi yoga en 1904, sin Gurú; en 1908 recibí una considerable ayuda de un yogui y descubrí los fundamentos de mi sâdhanâ; pero desde entonces y hasta la llegada a la India de la Madre, no recibí ayuda espiritual de nadie. Mi sâdhanâ no se basaba, ni en aquel momento ni más tarde, en conocimientos librescos, sino en un sinnúmero de experiencias personales que fluían del interior. Pero en prisión, tuve conmigo el Gîtâ y los Upanishads; practicaba el yoga del Gîtâ y meditaba con la ayuda de los Upanishads; son los únicos libros en los que he encontrado alguna indicación. Los Vedas que comencé a leer mucho más tarde en Pondichéry, más que ser una guía para mi sâdhanâ, confirmaron las experiencias que ya había tenido. De vez en cuando acudía al Gîtâ para esclarecer una pregunta o una dificultad, y generalmente encontraba una ayuda o una respuesta”.

Antes de llegar a Pondichéry, Sri Aurobindo había alcanzado ya dos de las cuatro grandes Realizaciones, en las que se fundan su yoga y su filosofía espiritual. La primera le vino durante su meditación con un yogui de Maharashtra, Vishnú Blaskar Lélé, en enero de 1908 en Baroda. Dice Aurobindo en sus notas:

“El yogui me pidió que no hiciese otra cosa que rechazar todos los pensamientos que viniesen a mí...”.
“Siéntese... (me dijo), observe y verá que sus pensamientos le vienen de fuera; antes de que entren, rechácelos”.
“Yo nunca había oído decir que los pensamientos pudiesen llegar a la mente de fuera en forma visible, pero ni se me ocurrió dudar de esta verdad o de esta posibilidad; simplemente me senté y lo hice. En un instante mi mente se tornó silenciosa como el aire sin viento en la cima de un alto monte, vi entonces un pensamiento, luego otro venir de modo concreto de fuera. Los rechacé antes de que pudiesen entrar... En tres días quedé libre...”
“Entonces realicé la conciencia del Brahman silencioso... comencé a partir de ese momento a pensar desde por encima del cerebro”.

Esta experiencia fue acompañada en principio del sentimiento y la percepción irresistibles de la irrealidad total del mundo. Pero este sentimiento desapareció al alcanzar la segunda realización, la de la consciencia cósmica, que alcanzó en la prisión de Alipore; esta experiencia le hizo ver que lo Divino “eran” todos los seres y todo lo que es. Gracias a sus meditaciones en la cárcel estaba ya en camino hacia las dos restantes: la del Brahman en su doble aspecto estático y dinámico, y la de los planos superiores de la consciencia, que llevan al Supramental.

Reuniendo pues los elementos esenciales de la experiencia espiritual que se obtienen en el camino de la comunicación divina y de la realización espiritual tal como ha sido seguida en la India hasta hoy, Sri Aurobindo prosiguió la búsqueda de una experiencia más completa que uniese y armonizase los dos polos de la existencia, el Espíritu y la Materia.

La mayoría de los métodos de yoga conducen al Más Allá, al Espíritu, y finalmente, fuera de la vida. El de Sri Aurobindo, en cambio, se eleva hacía el Espíritu para descender de nuevo enriquecido y volver a traer a la vida, la luz, el poder y la beatitud del Espíritu que la transformarán. Según Sri Aurobindo, la existencia actual del hombre en el mundo material es una vida en la ignorancia, fundada en el inconsciente; pero incluso en esta obscuridad inconsciente, se hallan escondidas la presencia y las posibilidades de lo Divino. El mundo creado no es un error, ni una vanidad de vanidades, ni una ilusión de la que el alma deba librarse para volver al cielo, al Nirvâna, sino, al contrario, el escenario de una evolución espiritual en la que a partir de la inconsciencia material, debe manifestarse progresivamente la Consciencia Divina en todas las cosas.

El mental es la etapa más elevada alcanzada hasta ahora en la evolución; pero no es la más elevada que pueda alcanzarse. Por encima de él se encuentra el Supramental o Consciencia-de-Verdad eterna que es esencialmente la luz y el poder del Conocimiento Divino. El mental es una ignorancia que busca la Verdad; el Supramental es un Conocimiento que existe en sí mismo y que manifiesta armoniosamente el juego de sus formas y de sus fuerzas. Sólo con el descendimiento de este Supramental será posible el advenimiento de la perfección soñada por todo aquello que es grande y elevado en la humanidad. Abriéndonos a una consciencia divina superior, es posible elevarse hasta ese poder de luz y beatitud, descubrir nuestro verdadero yo, permanecer en unión constante con lo Divino y hacer descender la Fuerza Supramental, para que ella transforme la mente, la vida y el cuerpo. Realizar esta posibilidad, que Sri Aurobindo llama con justicia “la vida divina”, es la meta dinámica del yoga de Sri Aurobindo.

“Si es cierto que el Espíritu está sumido en la Materia y que esta Naturaleza aparente es en realidad Dios escondido, es evidente que la manifestación de lo Divino y la realización de Dios en el interior y en el exterior son la meta más elevada y más legítima para el hombre sobre la tierra”.

La alegría de ser

Si Brahman fuese solo una abstracción impersonal, contradiciendo eternamente el hecho aparente de nuestra existencia concreta, la cesación sería el fin adecuado para el asunto; pero el amor, la alegría, la conciencia de sí mismo también deben tenerse en cuenta.

El universo no es simplemente una fórmula matemática para elaborar la relación de ciertas abstracciones mentales llamadas números y principios, para llegar, al cabo, a un cero o a una unidad vacua: no es tampoco una mera operación física que expresa cierta ecuación de fuerzas. Es la alegría de Uno que se ama a si mismo, el juego de un Niño, el inagotable automultiplicarse de un Poeta embriagado por el éxtasis de Su propio poder de creación sin fin.

Podemos hablar del Supremo como si fuese un matemático expresando en números un cálculo cósmico o un pensador resolviendo por experimentación un problema de relación de principios y de equilibrio de fuerzas. Pero también tendríamos que hablar de Él como del amante, del músico de armonías universales y particulares, del niño, del poeta. El aspecto de pensamiento no basta; hay que aprehender también el aspecto de alegría por entero. Las ideas, fuerzas, existencias, principios son moldes huecos si no los colma el soplo de la alegría de Dios.

Estas cosas son imágenes, más todo es imagen. Las abstracciones nos dan la concepción pura de las verdades de Dios; las imágenes nos proporcionan su realidad viviente.

Si la Idea abrazando la Fuerza engendró los mundos, la Alegría de Ser engendró a la Idea. Por haber concebido el Infinito una innumerable alegría en sí mismo, cobraron existencia los mundos y universos.

La conciencia de ser y la alegría de ser son los primeros progenitores. También son ellas las últimas trascendencias. La inconsciencia es solo un intervalo de desmayo de la conciencia o su sueño oscuro; el dolor y la auto-extinción son solo la alegría de ser huyendo de sí misma para volver a encontrarse en otro lugar o en otra forma.

La alegría de ser no está limitada por el tiempo; ella no tiene fin ni principio. Dios deja una forma sólo para entrar en otra.

¿Qué es Dios, por último? Un eterno niño jugando a un juego eterno en un eterno jardín.

Fuente: Revista Viveka (Dirigida por Consuelo Martín), Nº 20