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Colaboraciones - Álamo

La virtual epopeya humana

Último acto... de la primera parte

por Álamo
Wave

Y el Anciano, sentado a la sombra del árbol, habló así:

Ningún ser en la Tierra se enreda con conceptos o se esclaviza a sí mismo con la adhesión a sus propios juicios e interpretaciones; sólo aquel que llaman ser humano lo hace durante un periodo crítico de su aparente evolución, en el Gran Teatro cósmico.

En sus inicios, dejando atrás el instinto animal y la conciencia o identidad grupal, mientras desenvolvía su nueva facultad discriminante, en el albor del intelecto analítico-discursivo, el humano dispuso de una compleja y asombrosa herramienta biológica, ideal para desarrollarse cultural y tecnológicamente y dominar la materia, a fin de devenir el sabio administrador de los bienes y los tesoros de su entorno planetario y más allá...

Porque dicha facultad discriminativa también ―y sobre todo― servía a la especie y al individuo para madurar en conciencia y, eventualmente, develar su íntima y auténtica naturaleza, su genuina identidad de Ser ilimitado, incondicionado, eterno, absoluto... la Realidad, lo que siempre es.

Con el tiempo, al perder la facultad instintiva de la comunicación, que poseen los demás seres vivos, el humano desarrolló la comunicación verbal, basada en conceptos y estos, a su vez, en la polaridad (bueno-malo, dentro-fuera, hombre-mujer, mejor-peor, materia-espíritu, esencia-sustancia...).

Si bien esta nueva manera de comunicarse permitió el desarrollo cultural y tecnológico ―el progresivo dominio de la materia―, no se avanzó de la misma manera en el ámbito de la conciencia, ya que el humano cuanto más empleaba y daba crédito a los nombres y las formas más se identificaba con ellos y, fascinado y sediento ya por la posesión y disfrute de seres, objetos y situaciones (para resolver o paliar la sensación de estar incompleto y separado, lo cual creyó y asumió de manera irreflexiva), menor era su disposición de discernir con claridad su genuina naturaleza, su identidad real.

Las pasiones desatadas en el proceso lo habían arrebatado, habían nublado su entendimiento, convirtiéndolo en un ser reactivo, empujado de aquí para allá como un madero en el mar, un náufrago de sí mismo, a merced de los vientos y las olas emocionales, perdido entre las aguas turbulentas de su propia auto-sugestión.

Y es que aquel lenguaje hablado y escrito no sólo parecía reforzar con sus conceptos y distinciones artificiales la creencia en la separación, sino que también carecía de algo primordial, básico: la transmisión inequívoca ―en cuanto a sentido y significado― de mensajes entre los interlocutores, de ser a ser y de grupo a grupo, en comunidad.

Porque los conceptos variaban ―en gran medida, frecuentemente― en función de la cultura, de las creencias y experiencias del individuo y hasta del contexto en que tales conceptos o términos se empleaban.

Mas eso era apenas un efecto añadido para un lenguaje cuya base carecía de solidez alguna, de fundamento, al estar preñada de subjetividad, parcialidad, arbitrariedad y, en suma, relatividad. Por ejemplo, las diferencias de significado para un mismo término o expresión, según la localización geográfica, originaban malentendidos a veces cómicos, cuando no dramáticos.

¿A dónde podría conducir tan equívoco sistema de comunicación que, además, perpetuaba ―al asumirlo y creer en sus conceptos― una cosmovisión o enfoque siempre parcial y distorsionado de la realidad?

Expresados en palabras, los conceptos eran ―son― figuraciones, abstracciones por las cuales se separan virtualmente, en la imaginación, las diversas formas y fenómenos perceptibles, supuestas partes de la totalidad de la realidad, concebidas como separadas y existentes en sí mismas.

Así, por un error básico de percepción originado en la ignorancia acerca de Sí, a lo que son facetas inseparables en la apariencia de Lo-que-es (el Ser), se les atribuye imaginariamente una existencia separada del resto, una naturaleza propia. Quedaban así, virtualmente, aparte unas de otras y de la totalidad de la apariencia universal.

Además, en el caso de la forma humana, no solo se la atribuyó una existencia propia y separada del resto de humanos, seres y cosas, sino que, asimismo, al humano se le consideró poseedor de una voluntad personal, que le permitía ―según creyeron― actuar por su cuenta, conforme a sus intereses particulares.

Se convino en considerar al humano como depositario y disponedor de lo que llamaron libre albedrío, de una capacidad de elegir, decidir y actuar por sí mismo, independiente de los demás, de todo lo demás y del entero orden cósmico...

En este punto, rápidamente alcanzado, el error de comprensión del supuesto individuo separado ―error basado en la ignorancia, por una percepción distorsionada de sí y del entorno―, había alcanzado las peligrosas cotas y proporciones del delirio. Un delirio que, por su intensidad y graves implicaciones, guardaba un severo potencial autodestructivo, a todos los niveles.

Pero el humano no se apercibía de ello y, hechizado por sus propias creencias, esclavizado por la pasiones resultantes ―de atracción y repulsión, de búsqueda y escape―, proseguía su artificial e imprudente disección, abuso y expolio de la naturaleza.

Cada nueva definición se tornaba oficiosa y se asumía como cierta (no solo válida) si las comunidades ―o los grupos de poder que las dirigían―, así lo acordaban o convenían, conforme al siempre limitado conocimiento que manejaban; y siempre al servicio de intereses, en ocasiones generales y, muchas veces, particulares ―de un grupo, de una secta o de una élite. Así, nuevas capas de ignorancia se añadían a las que ya cubrían, conceptualmente, la naturaleza inseparable del Ser, de lo que siempre es, de la realidad absoluta.

Ocurrió que, al creer en los conceptos, en vez de usarlos simplemente para los fines prácticos de la comunicación y la interacción eficaces con el medio, el humano se escindió virtualmente del resto de la naturaleza, dando lugar a la tensión, la oposición, la sensación de separación, escasez, carencia o falta de plenitud; lo cual devino ―a su vez― en la competencia, la pugna y el conflicto por la obtención, consecución y cumplimiento de los bienes y objetivos que los seres humanos ―teniéndose por separados, incompletos y carentes―, se sentían en la necesidad de conseguir.

Esta perturbadora, tumultuosa y caótica situación individual y colectiva, enconada en el conflicto, merced a la fanática adhesión de cada individuo, grupo o país a sus particulares credos, esquemas, ideologías y dogmas (también en el ámbito científico), provocaba cada vez más sufrimiento en la Humanidad, creciendo también sus efectos destructivos en el resto de seres y ecosistemas.

Tal disfuncional y aflictivo estado de cosas, generado por aquella inicial percepción distorsionada ―escindida― de la realidad, mantuvo a la especie en un círculo vicioso que se retroalimentaba continuamente en una espiral descontrolada de locura autodestructiva, poniendo al género humano en el camino de la extinción e involucrando en ella también, progresivamente, al planeta que lo albergaba (el cual era inseparable de él, por mucho que el humano lo ignorase).

Semejante amenaza, cuyo cumplimiento se tornaba cada vez más inexorable, crecía al mismo ritmo en que lo hacía la capacidad del humano para dañar y matar a sus semejantes, así como a toda clase de vida en el planeta. De hecho, los arsenales de armas de destrucción masiva eran lo suficientemente grandes y potentes como para destruir la Tierra varias veces...

La dinámica caótica, insana e involutiva, tenía que ser detenida y revertida; la integración consciente dentro del orden natural debía de producirse con urgencia si la especie había de sobrevivir a una total aniquilación, ya fuera por devastación geológica, climática, pandémica o nuclear.

Las señales, cada vez más evidentes y sobrecogedoras, mostraban que el proceso final estaba en marcha, que la cuenta atrás había comenzado y que nada ya podría evitar un desenlace, el que fuera...

Era necesario, entonces ―para quienes tuvieran la madurez de sentir la llamada interna―, el regreso al estado natural de armonía, no obstante el estado inarmónico fuese igual de natural dentro del equilibrio total de fuerzas en la apariencia cósmica, en el más amplio contexto de los ciclos evolutivos de especies como la humana.

De modo que cuando el humano develase la conciencia de su íntima y genuina naturaleza real, absoluta, universal, eterna, incondicionada, ilimitada... entonces habría conjurado el caos suscitado por el estado conciencial ―dual― de separatividad, abrazando el sereno e impersonal estado no-dual de armonía y siendo ya, en la apariencia, una especie nueva. Sin embargo, en realidad ―paradójicamente―, ni siquiera esto salvaría al humano del fin.

Porque él/ella, una vez esclarecido, firme y estable en el reconocimiento de su auténtica e íntima naturaleza incondicionada, ya no sería más el ser humano, sino el Ser, el único Ser, absoluto, manifiesto y consciente de Sí en la forma humana.

Álamo
30 de agosto de 2017
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