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El observador y lo observado

Por J. Krishnamurti
J. Krishnamurti

Por favor, continúe conmigo un poco más. Puede que este asunto sea algo complejo, algo sutil; pero, por favor, continúe examinándolo.

Cuando yo creo una imagen de usted o de alguna otra cosa, puedo observar esa imagen; por tanto, está la imagen y el observador de ella. Digamos que veo a alguien con una camisa roja, y mi reacción inmediata es que me gusta o que no me gusta. El que me guste, o no, es resultado de mi cultura, mi preparación, mis asociaciones, mis inclinaciones, mis características adquiridas o heredadas. Es desde este centro desde donde observo y juzgo, por lo cual el observador está separado de lo observado.

Pero el observador se da cuenta de más de una imagen; él crea miles de imágenes. Sin embargo, ¿es el observador diferente de esas imágenes? ¿No es él simplemente otra imagen? Siempre está añadiendo o quitando algo de lo que es él. Es algo vivo que continuamente está sopesando, comparando, juzgando, modificando y cambiando como resultado de presiones, tanto de afuera como de su interior; vive en el campo de la consciencia, que es su conocimiento, influencias e innumerables conjeturas.

Al mismo tiempo, cuando usted observa al observador, que es usted mismo, ve que está hecho de recuerdos, experiencias, accidentes, influencias, tradiciones y de una infinita variedad de sufrimientos, todo lo cual es el pasado. Así, el observador es ambas cosas: el pasado y el presente, y el mañana que está por llegar, es también parte de él mismo. Está medio vivo y medio muerto, y con esta vida y esta muerte está observando, con la hoja viva y muerta. Y en ese estado mental que está dentro del campo del tiempo, usted (el observador) observa el temor, los celos, la guerra, la familia (esa horrible entidad encerrada en sí misma, que se llama familia) y trata de resolver el problema de lo observado que es el reto, lo nuevo. Usted está siempre interpretando lo nuevo en función de lo viejo y por ese motivo se halla en continuo conflicto.

Una imagen, el observador, observa docenas de otras imágenes a su alrededor y dentro de sí mismo, y dice: "Me gusta esta imagen, la conservaré", o "no me gusta esa imagen, la desecharé". Pero el observador mismo está compuesto de las varias imágenes que han surgido como reacción a otras diversas imágenes. Y así llegamos a un punto en que podemos decir: "El observador es también la imagen, sólo que se ha separado de ella y observa". Este observador nacido de otras imágenes diversas se considera permanente y hay una división, un intervalo de tiempo, entre él y las imágenes que ha creado. De aquí surge el conflicto entre él y las imágenes que, según cree, son la causa de sus dificultades. Entonces dice: "Debo deshacerme de este conflicto", pero el mismo deseo de desembarazarse del conflicto crea otra imagen.

La percepción de este hecho, que es la verdadera meditación, ha revelado la existencia de una imagen central, compuesta de todas las otras imágenes, y esta imagen central, el observador, es el censor, el experimentador, el evaluador, el juez que quiere conquistar o subyugar las otras imágenes o destruirlas por completo. Las otras imágenes son el resultado de los juicios, opiniones y conclusiones del observador, y este es el resultado de todas las otras imágenes; por tanto, el observador es lo observado.

Así pues, la percepción ha revelado los diferentes estados mentales; ha revelado las diversas imágenes y la contradicción entre ellas; ha puesto de manifiesto el conflicto resultante y la desesperación de no poder hacer nada, y también los diversos intentos por escapar de él. Todo ello se ha revelado por una cautelosa y titubeante percepción y luego viene la percepción de que el observador es lo observado. No es una entidad superior la que llega a darse cuenta de esto; no es el "yo superior" (la entidad superior, el "yo superior", son simples invenciones, que son también imágenes); es el propio estado de percepción el que había revelado que el observador es lo observado.

Si usted se hace una pregunta, ¿quién es la entidad que va a recibir la respuesta? ¿Quién es la entidad que va a investigar? Si la entidad es parte de la consciencia, parte del pensamiento, entonces es incapaz de descubrirlo. Lo único que puede descubrirlo es un estado de percepción. Pero si en ese estado sigue habiendo una entidad, que dice: "Debo darme cuenta, debo practicar para estar alerta", esa es también otra imagen.

El darse cuenta de que el observador es lo observado no es un proceso de identificación con lo observado. Identificarnos con alguna cosa es bastante fácil. La mayoría de nosotros nos identificamos con algo ―con nuestra familia, nuestro esposo o esposa, nuestra nación―, y eso causa gran sufrimiento y grandes guerras. Estamos examinando algo distinto por completo, y debemos comprenderlo no verbalmente, sino dentro de nuestro corazón, en lo más profundo de nuestro ser. En la antigua China, antes de que un artista empezara a pintar cualquier cosa ―un árbol, por ejemplo― se sentaba frente a él durante días, meses, años, no importaba cuánto tiempo, hasta que él era el árbol. No se identificaba con el árbol sino que era el árbol. Esto significa que no había espacio entre él y el árbol, ningún espacio entre el observador y lo observado; no había experimentador percibiendo la belleza, el movimiento, las sombras, la extensión de una hoja, la cualidad del color. Él era totalmente el árbol, y sólo en ese estado podía pintar.

Cualquier movimiento por parte del observador, si no se ha dado cuenta de que el observador es lo observado, crea solamente otra serie de imágenes, y de nuevo se ve atrapado en ellas. Pero ¿qué ocurre cuando el observador se da cuenta de que el observador es lo observado? Vaya despacio, muy lentamente, porque ahora tratamos de penetrar en algo muy complejo. ¿Qué ocurre? Que el observador no actúa en absoluto. El observador ha dicho siempre: "Debo hacer algo con estas imágenes, debo suprimirlas o darles una forma diferente". Siempre está activo respecto de lo observado, actuando o reaccionando de manera apasionada o despreocupada, y esta acción de agrado o desagrado la llaman acción positiva. "Me gusta; por tanto, debo conservarla. Me disgusta; por tanto, debo desecharla". Pero cuando el observador se da cuenta de que la cosa con respecto a la cual está actuando es él mismo, entonces ya no hay conflicto entre él y la imagen. Él es eso. No están separados. Cuando había separación entre ambos, actuaba o trataba de actuar, de hacer algo, pero cuando el observador se da cuenta de que él es eso, ya no hay agrado ni desagrado, y el conflicto cesa.

¿Para qué actuar? Si algo es usted mismo, ¿qué puede hacer? No puede rebelarse, ni huir, ni siquiera aceptarlo. Está ahí. Por tanto, termina toda acción que sea consecuencia de reacción al agrado o desagrado.

Entonces descubrirá que hay una percepción que se ha vuelto tremendamente viva. No está sujeta a nada esencial ni a ninguna imagen, y de la intensidad de esa percepción surge una cualidad diferente de atención y, por tanto, la mente ―por ser ella esa percepción― se ha vuelto extraordinariamente sensible e inteligente en grado sumo.