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Artículos - Swami Vivekananda (1896)

Dios en Todo

por Swami Vivekananda De una conferencia dada en Londres - 27 de octubre de 1896
Swami Vivekananda

Hemos visto cómo la mayor parte de nuestra vida debe ser inevitablemente llenada con males, sea cual fuere la resistencia que opongamos, y que esta masa del mal es prácticamente casi infinita para nosotros. Hemos estado luchando para poner remedio a esto desde tiempo inmemorial y, sin embargo, todo queda poco más o menos igual. Cuantos más remedios descubrimos, más nos encontramos asediados por males de mayor sutileza. También hemos visto que todas las religiones nos propone un Dios como el único medio de escapar a esas dificultades. Todas las religiones nos dicen que si tomamos el mundo tal como es ―y hoy día la mayoría de las personas prácticas nos aconsejan hacerlo―, no nos quedará más que el mal. Por otra parte, afirman que existe algo más allá de este mundo. Esta vida en los cinco sentidos, esta vida en el mundo material, no es todo; no es sino una pequeña parte, la superficial. Detrás y más allá está lo Infinito, donde no hay más mal. Algunos lo llaman Dios, otros Alá, otros Jehová, Júpiter, etcétera. El vedantista lo llama Brahman. [...]

Pero, ¿Cuál es el remedio propuesto por todas las religiones? Que este mundo no es nada, mientras que más allá de este mundo hay algo más real. La dificultad es que el remedio parece destruir todo. Entonces, ¿Cómo puede ser esto un remedio? ¿No hay aquí, ninguna salida? El Vedanta nos dice que todo lo que pretenden las religiones es perfectamente cierto, pero que es necesario comprenderlo correctamente. A menudo lo comprendemos mal, porque las religiones no se expresan muy claramente. Lo que en realidad nos hace falta es una combinación de cerebro y corazón. En verdad, el corazón es grande; es por él que vienen las grandes inspiraciones de la vida. Yo desearía, cien veces más, tener un poco de corazón y nada de cerebro que ser todo cerebro y no tener corazón. La vida, el progreso, son posibles para aquél que tiene corazón; pero aquél que no tiene corazón y sólo tiene cerebro, muere de sequedad.

También sabemos que quien se deja guiar sólo por su corazón, tiene mucho que sufrir, pues está expuesto, a veces, a llevarse un chasco. Lo que nos hace falta es una combinación de corazón y cerebro. [...]

La mayoría de las religiones lo comprende, pero todas parecen caer en el mismo error; se dejan llevar por el corazón, por el sentimiento. Hay mal en el mundo, renuncien al mundo: he aquí la gran enseñanza, sin duda la única. Renuncien al mundo. Se está obligado a admitir que para comprender la verdad, cada uno de nosotros debe renunciar al error. Se está obligado a admitir que para tener el bien, cada uno de nosotros debe renunciar al mal. Se está obligado a admitir que para tener la vida, cada uno de nosotros debe renunciar a lo que es muerte. Sin embargo, ¿Qué nos queda si esta teoría implica renunciar a la vida de los sentidos, a la vida tal como nosotros la conocemos? Por otra parte, ¿qué entendemos por vida? si renunciamos a ello, ¿Qué nos resta?

Lo comprenderemos mejor cuando lleguemos a las partes más filosóficas del Vedanta. Por el momento me permito declarar que solamente en el Vedanta encontramos una solución racional del problema. Y aquí sólo puedo exponer ante ustedes lo que el Vedanta trata de enseñar, es decir, la deificación del mundo. En realidad, el Vedanta no denuncia al mundo. Es cierto que el ideal de la renunciación en ninguna parte llega a las alturas que alcanza en el Vedanta. Pero, al mismo tiempo, no se intenta aconsejar nuevamente el suicidio: en realidad, se trata de deificar el mundo, de renunciar al mundo tal como nosotros lo concebimos, tal como lo conocemos, tal como se nos aparece, y de saber lo que en realidad es. Deifíquelo; es únicamente Dios. Al comienzo de uno de los más antiguos Upanishads, leemos: "Todo lo que existe en este Universo debe ser cubierto por el Señor".

Debemos cubrir todo con el Señor mismo, no con una especie de falso optimismo, no tapándonos los ojos ante el mal, sino viendo realmente a Dios en todo. Así debemos renunciar al mundo; y cuando se ha renunciado al mundo; ¿Qué queda?: Dios. ¿Qué se entiende por esto? No quiere decir que si están casados deben renunciar a su esposa, sino que deben ver a Dios en ella. Renunciar a sus hijos, ¿Qué quiere decir? ¿Echarlos, como hacen los brutos que hay en todas partes del mundo? Ciertamente, no. Eso sería diabólico y no religioso. Por tanto, vean a Dios en sus hijos. Y lo mismo con todas las cosas. En la vida y en la muerte, en el goce y en el dolor, el Señor está igualmente presente. El mundo entero está lleno del Señor. Abran los ojos y véanlo. Esto es lo que enseña el Vedanta. Abandonen este mundo que han construido en su mente, puesto que su conjetura tenía por base una experiencia bastante incompleta, un razonamiento muy mezquino y su propia debilidad. Renuncien a él; el mundo en el cual pensamos, al que estamos aferrados desde hace tiempo, es un mundo falso que nosotros mismos hemos creado. Renuncien a él. Abran los ojos y vean que jamás ha existido como tal; era un sueño, Maya. Lo que existía es el Señor mismo. Es Él que está en el niño, en la esposa y en el marido; es Él que está en el bien y en el mal; Él está en el pecado y en el pecador; Él está en la vida y en la muerte.

¡Es una tremenda afirmación, por cierto! sin embargo, tal es el tema que el Vedanta quiere demostrar, enseñar y predicar. Esto no es más que el comienzo del tema. No deseando nada, evitaremos los peligros de la vida y sus males. ¿Por qué somos desdichados? La causa de todas las miserias que sufrimos es el deseo. Deseamos algo, nuestro deseo no es satisfecho y experimentamos un agudo pesar. Si no hay deseo, no hay sufrimiento. Pero, también aquí corren el riesgo de comprenderme mal. Es necesario explicar también lo que quiere decir renunciar al deseo y liberarse de toda aflicción. Las paredes no tienen deseos y jamás sufren, pero tampoco progresan. La silla no tiene deseos; jamás sufre, pero siempre sigue siendo silla. Hay gloria en la felicidad, hay gloria en el sufrimiento. Si puedo expresarme así, también el mal tiene su utilidad. Todos conocemos la gran lección que nos da el infortunio. Hay centenares de cosas que hemos hecho en nuestra vida y quisiéramos no haber hecho, pero que, sin embargo, nos han enseñado mucho. Por mi parte, estoy contento de haber actuado bien algunas veces, y contento de haber cometido muchos errores, porque cada uno de ellos me ha dejado una gran lección. Tal como soy actualmente, soy el resultado de todo lo que he hecho, de todo lo que he pensado. Cada acción y cada pensamiento han causado su efecto, y son esos afectos los que constituyen el conjunto global de mi progreso.

Todos nos damos cuenta de lo perniciosos que son los deseos; pero, ¿Qué entendemos por renunciar a los deseos? ¿Cómo podría continuar la vida? sería lo mismo que un estímulo al suicidio: matar el deseo y matar el hombre también. La solución es esta: no se trata de que no deberían tener bienes, que no deberían tener las cosas que les es necesario, o cosas que son incluso lujos. Tengan todo lo que quieran y más, pero sepan la verdad y compréndanla. La riqueza no pertenece a nadie. No tengan ninguna idea de propiedad, de posesión. Ustedes no son alguien, ni yo tampoco, ni nadie. Todo pertenece al Señor, pues, el primer versículo del Isha Upanishad nos dice que debemos poner al Señor en todas las cosas. Dios está en la riqueza que gozan; está en el deseo que surge en la mente de ustedes; está en las cosas que adquieren para satisfacer ese deseo; está en sus lindos vestidos y en sus hermosos ornamentos. He aquí cómo hay que pensar. Todo se metamorfoseará en cuanto comiencen a ver las cosas bajo esa luz. Si colocan a Dios en cada uno de sus movimientos, en su conversación, en sus maneras, en todo, la escena cambiará, y el mundo, en vez de parecer un lugar hecho de sufrimiento y miseria, se convertirá en cielo.

"El reino de los cielos está en su interior", dice Jesús; también lo dicen el Vedanta y todo gran maestro. "Aquél que tiene ojos para ver que vea, y aquél que tiene oídos para oír que oiga". El Vedanta prueba que la verdad que todo el tiempo estamos buscando, está presente y siempre ha estado con nosotros. En nuestra ignorancia pensamos haberla perdido y corremos por el mundo llorando y lamentándonos, luchando por hallarla; no obstante, durante todo ese tiempo, ella moraba en nuestro propio corazón. Sólo allí podremos encontrarla.

Si comprendiéramos la renunciación al mundo, según la vieja grosera acepción se convertiría en esto: no trabajar, permanecer sin hacer nada, volvernos fatalistas, manejados por todas las circunstancias, por todas las leyes de la naturaleza, yendo a la deriva, de lugar en lugar. Tal sería el resultado; pero no es éste el sentido de la enseñanza. Debemos actuar. La mayoría de las personas acosadas a derecha e izquierda por falsos deseos, ¿Qué saben del trabajo? sólo trabaja aquél que no es movido por sus propios deseos, que no es movido por ningún egoísmo, sea cual fuere. Sólo trabaja el que no tiene delante ninguna mira ulterior. Sólo trabaja aquél que no busca recompensas a su trabajo.

¿Quién encuentra placer en un cuadro: el que lo vende o el que lo mira? El comerciante hace sus cuentas; calcula lo que va a ganar, qué beneficio le reportará el cuadro. Su cerebro está lleno de esas preocupaciones. Mira el martillo del rematador y escucha la puja. Está ocupado, observando si las ofertas suben rápido. El que realmente goza del cuadro es aquél que ha acudido sin ninguna intención de vender o de comprar; mira el cuadro y encuentra placer. Del mismo modo, todo este Universo es un cuadro. Cuando los deseos se hayan desvanecido, los hombres gozarán del mundo, y entonces, esas compras y esas ventas, esas absurdas ideas de posesión, habrán llegado a su término. Cuando se hayan ido el prestamista, el comprador y el vendedor, el mundo será un cuadro, una pintura magnífica. Jamás he leído una concepción de dios más bella que ésta: "Él es el Gran Poeta, el Antiguo Poeta: el Universo entero es Su poema, que fluye en versos y rimas y ritmos, escritos en la dicha infinita". Cuando hayamos renunciado a los deseos, podremos descifrar este Universo de Dios y gozar de él. Entonces, todas las cosas serán deificadas. Los rincones y los recovecos, los caminos desviados y los senderos umbrosos, que nos parecían siniestros y sombríos, todo será deificado. Todo revelará su verdadera naturaleza, y nos reiremos de nosotros mismos, pensando que estos gritos y estos llantos no han sido sino juegos de niño que hemos estado observando como testigos.

Por lo tanto, realicen su trabajo, dice el Vedanta, en primer lugar, nos aconseja cómo podemos trabajar renunciando; renunciando al mundo aparente. ¿Qué se entiende por esto? Ver a Dios por doquier. Es así como deben actuar. Si quieren, deseen vivir cien años, tengan todos sus deseos terrenales; pero, deifiquen esos deseos, convirtiéndolos en un cielo. Tengan el deseo de vivir sobre esa tierra una larga vida de servicio, de plena dicha y actividad. Trabajando así, encontrarán la solución. No ha otro modo. Cuando un hombre se zambulle íntegramente en la fatuidad del lujo mundano, sin saber la verdad, ha perdido su ruta, no puede llegar a la meta. Y si un hombre maldice al mundo, se retira a un bosque y allí mortifica su carne y se mata poco a poco a sí mismo por la inanición, transforma su corazón en un desierto desolado, extermina todo sentimiento, se vuelve duro, austero, seco, también ese hombre ha errado el camino. Estos son los dos extremos, los dos errores que se encuentran en cada uno. Ambos han perdido la senda, ambos han perdido la meta.

Actúen así ―dice el Vedanta― poniendo a Dios en todo, y sabiendo que Él está en todo. Trabajen sin interrupción, considerando que la vida es algo deificado, como Dios Mismo; sabiendo que esto es todo lo que tenemos que hacer; todo lo que debemos pedir. Dios está en todas partes. ¿En dónde más podríamos buscarle? Él está ya en cada acto, en cada pensamiento, en cada sentimiento. Conociendo esto, debemos trabajar; es el único camino, no hay otro. De este modo, los efectos de nuestros actos no nos esclavizarán. Hemos visto cómo los falsos deseos son la causa de toda miseria y el mal que sufrimos; pero cuando ellos han sido así deificados, purificados por Dios, no traen ningún mal, ninguna desdicha. Aquéllos que no han descubierto este secreto deberán vivir en un mundo demoniaco, hasta que lo descubran. Muchos no saben qué fuente inagotable de dicha tienen un sí, a su alrededor, en todas partes; todavía no la han hallado. ¿Qué es un mundo demoniaco? El Vedanta dice: Ignorancia.

Nos estamos muriendo de sed, sentados a la orilla del más caudaloso de los ríos. Nos estamos muriendo de hambre, sentados junto a montones de víveres. El Universo de Beatitud está aquí y, sin embargo, no lo encontramos. Estamos en él todo el tiempo y no lo reconocemos. Las religiones se proponen descubrirlo para nosotros. El anhelo por alcanzar este Universo de dicha está en todos los corazones. Ha sido la búsqueda de todos los pueblos, es la única meta de la religión, y este ideal ha sido expresado en diversos idiomas, por las diferentes religiones. No es sino esto lo que produce todas esas aparentes divergencias; una expresa un pensamiento de cierta manera, otra, un poco diferentemente; sin embargo, puede ser que cada una de ellas exprese exactamente lo mismo que la otra, pero lo hace en su propio idioma. [...]

"Él, lo Uno, vibra más rápido que la mente; tiene una velocidad tal que jamás podría tener la mente; ni aun los dioses pueden alcanzarlo, ni la mente asirlo. Cuando Él se mueve, todo se mueve. En Él todo existe. Él está en el movimiento. Él es también inmóvil. Él está fuera de todas las cosas, interpenetrando todo. Quienquiera que vea en cada ser ese Atman, y quien quiera que vea todo en ese Atman, jamás se aleja mucho de ese Atman. Cuando toda la vida y el universo entero son vistos en ese Atman, sólo entonces el hombre ha encontrado el secreto. Para él no hay más ilusión. ¿Dónde hay todavía desdicha para quien ve esta Unidad en el universo?"

Otro gran tema del Vedanta es la Unidad de la vida, la Unidad de todas las cosas. Veremos cómo el Vedanta demuestra que nuestro infortunio proviene de la ignorancia, y que esta ignorancia es la idea de multiplicidad, de separación entre hombre y hombre, entre pueblo y pueblo, entre Tierra y Luna, entre átomo y átomo. Es de esta idea de separación entre átomo y átomo que provienen todas las desdichas. Pero, el Vedanta nos dice que esta separación no existe, que no es real. Es sólo aparente, superficial. En el corazón de las cosas está siempre la Unidad. Si penetran debajo de la superficie hallarán esa Unidad entre hombre y hombre, entre raza y raza, entre altos y bajos, entre ricos y pobres, entre dioses y hombres, entre hombres y animales. Si van más profundo, todo se mostrará como variaciones de lo Uno, y aquél que ha alcanzado esta concepción de la Unidad no sufre más la ilusión. ¿Qué podría ilusionarlo? Conoce la realidad de todas las cosas, el secreto de todo. ¿Dónde hay más infelicidad para él? ¿Qué podría desear? Ha hallado la realidad de todas las cosas en el Señor, en el Centro, en la Unidad de todo, que es Existencia Eterna, Conocimiento Eterno, Dicha Eterna. Allí no hay más muerte, ni enfermedad, ni pesar, ni desdicha, ni descontento. Todo allí es Unión Perfecta y Dicha Perfecta. ¿Por quién debería llorar, entonces? En la Realidad no hay muerte, no hay miseria; en la Realidad no hay por quien llorar, ni por quién afligirse.

Él ha penetrado todas las cosas. Él, el Uno Puro, Sin-forma, Incorpóreo, Inmaculado; Él, el Conocedor; Él, el Gran Poeta, el Autoexistente; Él, que da a cada uno según su mérito. Andan a tientas en la oscuridad aquéllos que adoran este mundo ignorante, este mundo que proviene de la ignorancia y que consideran como Existencia; y aquéllos que viven su vida entera en este mundo, y no descubren jamás nada mejor ni más elevado, andan buscando a ciegas, en una oscuridad más densa aún. Pero el que conoce el secreto de la naturaleza, viendo Aquello que está más allá de la naturaleza, con la ayuda de la naturaleza, pasa a través de la muerte, y con la ayuda de Aquello que está más allá de la naturaleza, disfruta Eterna Dicha. "Tú, Sol, que has descubierto la Verdad con tu disco de oro, levanta el velo a fin de que yo pueda ver la Verdad que está dentro de ti. Yo he conocido la Verdad que está dentro de ti; yo he conocido el significado real de tus rayos y de tu gloria, y yo he visto Aquello que brilla en ti: he visto la Verdad en ti, y Aquello que está dentro de ti está dentro de mí, y yo soy Aquello".

Fuente: Swami Vivekananda - Jnana Yoga (Cap. VII)