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La Naturaleza de la Consciencia

por Peter Russell 23 de febrero de 2006
Peter Russell

Me gusta distinguir entre dos usos diferentes de la palabra "consciencia". Está nuestra experiencia, de aquello que somos conscientes, el contenido de la consciencia; y está la consciencia como facultad, la facultad de poder experimentar, de tener un mundo mental interior. La consciencia como facultad es algo común a todos nosotros, mientras que nuestra experiencia consciente real varía ampliamente.

Hay pocas razones para dudar que nuestras experiencias ―los contenidos de la consciencia― están estrechamente relacionadas con la actividad neuronal. Pero lo que aún no está claro es que la consciencia como facultad sea también el resultado de la actividad neuronal. El actual interés que hay por los microtúbulos y la posible coherencia cuántica de la temperatura ambiente puede, o no, explicar parte de un proceso a través del cual surgen experiencias ―digo "parte" porque probablemente aún habría un largo trecho que recorrer entre el estado cuántico físico y la experiencia mental― pero buscar explicar la facultad de la consciencia en términos de coherencia cuántica, o cualquier otro proceso físico, podría no estar justificado.

No veo razón alguna para suponer que la consciencia como facultad esté limitada a los seres humanos. Parece absurdo sugerir que un perro, por ejemplo, sea puramente un mecanismo biológico sin experiencia interior; tan absurdo como sugerir lo mismo de otro ser humano. Lo que nos diferencia de otras criaturas no es la facultad de la consciencia sino los contenidos de la consciencia.

En lo que respecta a la experiencia sensorial, cada especie experimenta el mundo de manera diferente según su aparato sensorial. Un perro puede oír frecuencias que nosotros no podemos oír, y su sentido del olfato supera con creces el nuestro. En términos de la consciencia sensorial de su entorno, un perro puede ser más consciente que nosotros. Otras criaturas incluso tienen modalidades sensoriales que están ausentes en los seres humanos ― el sonar de un delfín, por ejemplo. Ellos tienen dimensiones en su experiencia desconocidas para nosotros.

Por otro lado nosotros tenemos capacidades que están ausentes en otros animales (con la posible excepción de las ballenas y los delfines), por ejemplo la del habla. Nosotros no solo hablamos entre nosotros, también podemos interiorizar nuestro discurso y participar en un diálogo interior con nosotros mismos. Esto da lugar a gran parte de nuestro pensamiento ― de hecho, el término "pensamiento" se aplica a menudo solo a esto, a la charla interna con nosotros mismos. Es en esto ―en nuestra capacidad de pensar en palabras― que más difieren los contenidos de la consciencia humana de los de otras criaturas.

El habla y su internalización probablemente se encuentran detrás de las otras diferencias, no sensoriales, entre nuestra consciencia y la de otras criaturas. Las palabras evocan asociaciones con experiencias pasadas o clases de experiencia, y a través de ellas podemos deliberadamente traer de vuelta a la mente el pasado, independientemente de lo que esté sucediendo en el presente. Otras criaturas pueden experimentar asociaciones con experiencias pasadas, pero solo en respuesta a los estímulos actuales. Nosotros podemos salir deliberadamente del momento presente. (Según muchas enseñanzas espirituales salimos del presente con demasiada frecuencia ― quizás esto sea la desventaja que tiene el lenguaje). De manera similar podemos pensar en el futuro, y hacer planes y tomar decisiones en formas que probablemente no estén disponibles para otros organismos.

El pensamiento que resulta de la internalización del habla también puede ser el motivo de la autoconciencia, a menudo considerada como el parangón de la consciencia humana ― y a veces equiparada erróneamente con la consciencia misma. Podemos pensar en nuestra experiencia, reflexionar sobre lo que está pasando en nuestras mentes, y etiquetarlo con palabras, tanto como podemos pensar acerca de nuestra experiencia del mundo externo. Podemos llegar a ser conscientes del hecho de que somos conscientes ― de nuevo algo probablemente no disponible para los organismos sin un lenguaje simbólico. De ahí hay un pequeño paso para suponer que dentro de nosotros hay un yo que experimenta en forma independiente ― aunque varias enseñanzas espirituales afirman que se trata de una suposición falsa y engañosa.