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Colaboraciones - Juan Manuel Otero

El Taoísmo como camino de Unidad

por Juan Manuel Otero 17 de mayo de 2018
Juan Manuel Otero

Sabido es que la palabra "taoísmo" proviene de Tao 道 ―dao escrito en transcripción pinyin―. El vocablo dao permite varios significados, con los cuales los taoístas suelen jugar: refiere, al mismo tiempo, a "Vía", "método", "doctrina", así como al hecho de "hablar". En el Tao Te King, dao (o Tao) designa también el principio original que descansa en el origen de las cosas y sigue dándoles forma. La palabra, como vemos, no admite una explicación sencilla: el Tao es inabarcable y por esencia, debe seguir siéndolo. Y ello debido a que, como reza la primer tablilla del tratado de Lao Tsé, "El Tao que puede expresarse con palabras, no es el eterno Tao".

La escuela de pensamiento taoísta (daojia) pierde sus orígenes en la noche de los tiempos. Algunos autores han planteado que el taoísmo descendería de la religión popular, nebulosa sin mayores precisiones, ya que no hay consenso definitivo respecto a lo que se entiende por "religión popular". Enorme dificultad esta, dado que no poseemos suficientes documentos sobre las creencias religiosas "populares" anteriores a la dinastía Han e incluso durante el transcurso de la misma. Un segundo obstáculo es que cuesta imaginar vínculos directos entre inciertas creencias populares y el pensamiento extraordinariamente sutil, a veces metafísico y elevado, de personajes como Lao Tsé y Chuang Tsé, quizás las dos más grandes figuras de la antigua tradición taoísta.

En Occidente, solemos identificar visual (y fácilmente) al taoísmo filosófico con el conocido símbolo del Yin y el Yang, al cual sin embargo, con frecuencia, malinterpretamos.

Dada la identificación del pensamiento occidental con el dualismo platónico, nos resulta fácil confundir el significado profundo de un símbolo milenario como el del Yin y el Yang. Este nos remite a una concepción mucho más orgánica del universo que la que nosotros, culturalmente, expresamos. En nuestro esquema dualista, existen el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, el cielo y el infierno, lo blanco y lo negro, lo moral o lo inmoral. De allí que, al discutir filosofía (y otras tantas cosas), acostumbremos a establecer diferencias con un "o". Necesitamos distinguir, categorizar y separar, lo cual nos resulta sumamente natural, pese a que se trate de una cualidad enraizada, si de oposiciones se trata, en nuestra vasta (y prolongada) tradición histórico filosófica de Occidente.

Para gran parte de las sabidurías de Oriente, en cambio, las cosas funcionan de otro modo. El oriental, y en nuestro caso el taoísta, sintetiza su visión del mundo de un modo mucho más directo, más intuitivo, más místico.

Ello explica que, para los taoístas, debilitadas las categorizaciones y las separaciones forzadas, el Yin y el Yang no representen esquemáticamente el bien y el mal. Cuando comparamos mediante la razón y el conocimiento, lo que hacemos es promover la fragmentación, exaltando falsamente la preponderancia de un aspecto por sobre el otro. A ello, un taoísta respondería que demasiada oscuridad enceguece, pero que lo mismo puede ocurrir frente a un fuerte destello de luz.

De esta manera, Lao Tsé nos dice:

"Si todos reconocen lo bello como tal,
reconocen a la vez lo feo.
Si como tal reconocen lo bueno,
reconocen a la vez lo que no es bueno.
Porque Ser y No-Ser se generan mutuamente.
Difícil y fácil se completan entre sí.
Largo y corto se moldean mutuamente.
Entre sí se invierten alto y hondo.
Sonido y tono mutuamente se enlazan.
Antes y después se siguen entre sí.
El Sabio obra sin actuar.
Enseña sin hablar.
Todos los seres se presentan ante él,
y a ninguno se niega.
Crea, pero no posee.
Realiza, pero no retiene.
Cuando termina la obra,
no se aferra a ella.
Y precisamente por no aferrarse,
nada ni nadie le abandona."

(Traducción de Richard Wilhelm)

Lao Tsé contribuyó enormemente al pensamiento del Ser y del no-Ser (Yu y Wu), y diferenció dos formas de razonamiento para lo nombrable e innombrable (Yu Ming y Wu Ming), recomendando, tal como señala mi querido maestro Alejandro Omar Nepote, la captación de la fusión de toda dualidad en una unidad esencial subliminal, dado que en esencia, todo deviene del supremo Uno (Taichi).

Las dualidades son concebidas en el Taoísmo como correlativas, lejos de los pares de opuestos excluyentes a los cuales estamos habituados, y que se remontan, en nuestro contexto, al antiguo dualismo persa de la religión mazdeísta predicada por Zoroastro, que tanto influyó sobre la cosmovisión judeocristiana, y por línea histórica, sobre la islámica.

Esto, claro, entendiendo dichas tradiciones en un sentido exotérico o divulgativo, siendo que en una dimensión más profunda, incluso en estos caminos la dualidad se disipa hasta revelarnos la más prístina de las Unidades. Basta, como ejemplo, remitirnos a la tradición mística de personajes como San Juan de la Cruz, Meister Eckhart o Ibn Arabi, para llegar incluso a propuestas contemporáneas como la de Jay Michaelson y su "Everything is God: The Path of non-dual Judaism".

Por medio de la razón surgen la dualidad, la mentalidad fragmentada y la separación. Por causa de nuestro automatismo racional, perdemos nuestro equilibrio original, aquel que bebe de las fuentes del "portal de la hembra oscura" (R. Wilhelm). Frente a esto, el taoísmo propone su solución: no hacer, dejar fluir, no interferir, imitar la espiritualidad del agua.

Extraña (i)lógica del Wu Wei que nos invita a un juego diferente, con plena conciencia de la interdependencia.

A este propósito, el célebre y querido filósofo británico Alan Watts, narra la historia del granjero chino. En su libro Taoísmo, nos cuenta:

"Érase una vez un granjero chino al que, en cierta ocasión, se le escapó un caballo. Esa noche acudieron los vecinos a su casa y le dijeron: "¡Qué mala suerte!", a lo que él respondió: "¿Quién sabe lo que es bueno y lo que es malo?". Al día siguiente, el caballo regresó trayendo consigo siete caballos salvajes a los que se había unido. Esa noche volvieron nuevamente sus vecinos y le felicitaron, pero él replicó: "¿Quién sabe lo que es bueno y lo que es malo?"

Al día siguiente, su hijo estaba tratando de domesticar uno de los caballos salvajes cuando salió despedido de la grupa y se rompió una pierna. Los vecinos regresaron entonces y dijeron: "¡Qué mala suerte!", a lo que el granjero contestó, una vez más: "¿Quién sabe lo que es bueno y lo que es malo?".

Al día siguiente, llegaron los oficiales de reclutamiento en busca de jóvenes para el ejército, pero su hijo se salvó a causa de su lesión. Esa noche también llegaron los vecinos diciendo: "¡Qué bien!, ¿verdad?", a lo que el granjero dijo nuevamente: "¿Quién sabe lo que es bueno y lo que es malo?".

Como podemos entrever, el corazón de esta historia apunta a que el proceso global de la naturaleza supone un todo integrado de enorme complejidad. Por tal motivo, es difícil afirmar si todo lo que ocurre en ella es enteramente bueno o malo. Y esto, debido a que difícilmente podemos saber, anticipadamente, cuales serán las consecuencias de la aparente "desgracia", o por el contrario, cuales serán los resultados de la "buena fortuna".

Yin y Yang.

Pese a que en nuestra cotidianeidad solemos preferir la aparente seguridad del mundo previsiblemente organizado, el taoísmo nos advierte sobre las consecuencias de cultivar, en exceso, dicha actitud. Al fin y al cabo, la posibilidad de relacionarnos con nosotros y con el mundo desde la vida y no desde el conocimiento, puede significar abrir las puertas al asombro del pensamiento cambiante y creativo, que flexible como el bambú, y diluyendo las apariencias, "es capaz de conocer el mundo sin salir de casa, y descubrir, sin mirar por la ventana, el Tao del Cielo".

 

Bibliografía:

  • Cruz, Javier. Tao Te Ching. Editorial Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2008
  • Watts, Alan. Taoísmo. Editorial Kairós, Barcelona, 1999
  • Wilhelm, Richard. Tao Te King. Editorial Sirio, Buenos Aires, 2006.
Juan Manuel Otero Barrigón
Adjunto Cátedra "Psicología de la Religión" (USAL-Argentina)