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Artículos - Swami Vivekananda (1896)

La Naturaleza Real del Hombre

por Swami Vivekananda(Extracto de una conferencia pronunciada en Londres)
Swami Vivekananda

Grande es la tenacidad con que el hombre se aferra a sus sentidos. Sin embargo, por más sustancial que pueda concebir al mundo externo en el cual vive y se mueve, llega un momento en la vida de los individuos, como en la de las razas, en que involuntariamente se preguntan: “¿Es esto real?”

Aun en el pasado lejano, allá donde no hay historia escrita que pueda ayudarnos, allá en las luces misteriosas de la mitología; en los albores vacilantes de la civilización, encontramos ya la pregunta: “¿Qué será de esto?” ¿Qué es real?”.

El Katha Upanishad, comienza con esta pregunta: “Cuando un hombre muere, la gente alrededor de él disputa. Uno declara que se fue para siempre; otro sostiene que aún vive. ¿Cuál es la verdad?”. Se han dado diversas respuestas. Todo el dominio de la metafísica, de la filosofía y de la religión está verdaderamente lleno de respuestas diversas dadas a esta pregunta. Al mismo tiempo, se ha intentado, también, suprimir la pregunta, para poner fin a la inquietud de la mente que pregunta: “¿Qué hay en el más allá?”, “¿Qué es real?”. Pero en tanto la muerte subsista, todo intento de suprimir el problema estará destinado a fracasar.

“¿La muerte es el fin de todas estas cosas a las cuales nos aferramos como si fueran las más reales de todas las realidades, las más sustanciales de todas las sustancias?”. El mundo se desvanece en un instante y no existe más. Colocada al borde del precipicio, más allá del cual se percibe el abismo abierto, infinito, toda mente, por más endurecida que esté, se ve obligada a retroceder y preguntar: “¿Es esto real?”. Las esperanzas de toda una vida, construidas poco a poco con todas las energías de una mente fuerte, se desvanecen en un segundo. ¿Son ellas reales? Es necesario que la pregunta reciba su respuesta. Su fuerza no disminuye con el tiempo; por el contrario, va siempre en aumento.

Además, hay el deseo de ser feliz. Para ser felices, corremos detrás de todas las cosas; proseguimos nuestra loca carrera en el mundo externo de los sentidos. .. Toda actividad en el dominio de los sentidos provoca una reacción. Todo es efímero. Goce, miseria, lujo, riqueza, poder y pobreza, aun la vida misma, todo es efímero.

La humanidad puede optar entre dos posiciones. Una es creer, con los nihilistas, que todo es nada, que no sabemos nada, que jamás podernos saber nada, ya sea del futuro, del pasado y aun del presente. Porque debemos recordar que aquél que niega el pasado el futuro y quiere adherirse al presente, es simplemente un insensato. Se podría, así mismo, negar al padre y a la madre y afirmar al hijo; esto sería tan lógico como aquello. Para negar el pasado y el futuro, es necesario, inevitablemente, negar también el presente. Esta es la posición de los nihilistas. Pero, jamás he visto un hombre que haya podido vivir realmente como nihilista, ni por un minuto. Es muy fácil hablar.

Y luego está la otra posición: buscar una explicación, buscar lo real, describir lo que haya de real en medio de este mundo eternamente cambiante y efímero. En este cuerpo, que es un agregado de moléculas materiales, ¿hay algo que sea real? Ésta ha sido la búsqueda a través de toda la historia de la mente humana. En los tiempos más remotos encontramos, a menudo, que algunos rayos de luz han venido a aclarar la mente de los hombres. Vemos que, aun entonces, el hombre iba un poco más allá de este cuerpo; que descubrió algo que no es este cuerpo exterior, aunque se le parezca mucho, y que es mucho más completo, más perfecto, que subsiste aun cuando este cuerpo se disuelve.

 

Se sostienen discusiones para saber si este agregado de materias que llamamos cuerpo ha causado la aparición de la fuerza que llamamos alma, pensamiento, etc., o bien, si es el pensamiento lo que hizo aparecer el cuerpo. Las religiones del mundo afirman, desde luego, que es el pensamiento el que manifiesta al cuerpo y no a la inversa. Algunas escuelas modernas sostienen que lo que nosotros llamamos pensamiento es, simplemente, el producto del ajuste de las partes de la máquina que llamamos cuerpo. Esta segunda tesis, según la cual el alma, o el conjunto de pensamientos, o como les guste llamarlo, es el producto de esta máquina, el productor de las combinaciones físicas y químicas de la materia que componen el cuerpo y el cerebro, no proporciona una respuesta a nuestra pregunta: ¿Qué es lo que crea el cuerpo? ¿Cuál es la fuerza que combina las moléculas para hacer con ellas un cuerpo? ¿Cuál es la fuerza que toma el material en la gran masa de materia circundante y compone mi cuerpo de una determinada manera, otro cuerpo de otra manera, y así sucesivamente?

¿Qué es lo que hace esta diferenciación infinita? Decir que la fuerza llamada alma es el producto de combinaciones entre las moléculas del cuerpo, es poner el carro delante del caballo. ¿Cómo se han producido estas combinaciones? ¿Dónde estaba la fuerza para provocarlas?

¿Cuál es la fuerza que se manifiesta por intermedio del cuerpo? Cualquiera que sea esa fuerza, es evidente para todos nosotros, que ella se apodera de partículas, por así decir, y con ellas construye formas: el cuerpo humano. Nadie viene aquí a construir cuerpos para ustedes o para mí. Jamás he visto a nadie comer alimentos por mí; es necesario que yo mismo los asimile, y es con esos alimentos que fabrico sangre, huesos y todo lo demás. ¿Cuál es esa fuerza misteriosa? Las ideas sobre el futuro y el pasado parecen terroríficas a mucha gente. A muchos les parecen vanas especulaciones.

Tomemos nuevamente nuestra pregunta: ¿Cuál es esa fuerza que en este momento obra por nuestro intermedio? Sabemos que en la antigüedad, en todas las escrituras se consideraba que ese poder, esa manifestación de poder, era una sustancia brillante que tenía la forma del cuerpo, y que subsistía aun después de que el cuerpo había caído. No obstante, más tarde vemos llegar una idea más elevada, según la cual ese cuerpo luminoso o sutil no representaba aquella fuerza. Todo lo que tiene forma debe ser el resultado de combinaciones de partículas y necesita ser movido por algo situado detrás.

Si nuestro cuerpo físico necesita ser dirigido por algo que no sea el cuerpo, el cuerpo luminoso, por las mismas razones, tendrá también necesidad de ser dirigido por algo que no sea él. Así que este algo fue llamado el alma, en sánscrito, Atman. Es entonces el Atman que, por intermedio del cuerpo luminoso, podríamos decir, actúa sobre el cuerpo físico exterior. El cuerpo luminoso es considerado como receptáculo de la mente y el Atman está más alá. El Atman no es la mente; el Atman hace funcionar la mente, y por intermedio de ésta, el cuerpo.

Ustedes tienen un Atman, yo tengo otro; cada uno de nosotros tiene un Atman aparte y un cuerpo sutil separado, por intermedio del cual obra sobre el cuerpo físico exterior. Se han hecho, entonces, preguntas sobre este Atman, sobre su naturaleza. ¿Qué es este Atman, esta alma del hombre, que no es el cuerpo ni la mente? Grandes discusiones se han suscitado; se han sostenido teorías; matices diversos han visto la luz en las búsquedas filosóficas. Voy a tratar de presentarles algunas de las conclusiones a las cuales se ha llegado acerca de este Atman.

Los diferentes sistemas filosóficos parecen estar de acuerdo en admitir que el Atman, sea lo que fuere, no tiene forma ni limitaciones, y como no tiene ni forma ni contornos, debe ser omnipresente. El tiempo comienza con la mente, y el espacio también está en la mente. La causalidad no puede subsistir sin el tiempo; sin la idea de sucesión no puede haber ninguna idea de causalidad. El tiempo, el espacio y la causalidad están, por consiguiente, en la mente. Puesto que el Atman está más allá de la mente y es sin forma, debe estar más allá del tiempo, más allá del espacio, más allá de la causalidad.

En consecuencia, si está más allá del tiempo, del espacio y de la causalidad, debe ser infinito. Es en este punto donde vemos intervenir la más alta especulación de nuestra filosofía. El Infinito no puede ser dos. Si el alma es infinita, no puede haber más que Una, y todas las nociones de almas distintas ―ustedes tienen un alma, yo tengo otra, etc.― no corresponden a la realidad. El Hombre Real, por consiguiente, es uno e infinito, el Espíritu Omnipresente. Y el hombre aparente no es más que una limitación de ese Hombre Real. En este sentido, las mitologías son verdaderas; el hombre aparente, por más grande que sea, no es más que un débil reflejo del Hombre Real, que está más allá. El Hombre Real, el Espíritu, estando más allá de la causa y del efecto, no estando ligado ni por el tiempo ni por el espacio, debe ser, por lo tanto, libre. Jamás estuvo ligado ni podría estarlo. El hombre aparente, el reflejo, está limitado por el tiempo, el espacio y la causalidad y, por consiguiente, está ligado. O bien, para hablar como algunos de nuestros filósofos, parece estar ligado, pero en realidad no lo está. Lo que es realidad en nuestra alma es esa omnipresencia, esa naturaleza espiritual, ese Infinito.

Toda alma es infinita, por lo tanto no hay ninguna cuestión de nacimiento o muerte. Un día en que unos niños rendían examen, el examinador hacía preguntas bastantes difíciles; entre otras: “¿Por qué la tierra no se cae?”. Quería provocar respuestas sobre la gravitación. La mayoría de los niños eran completamente incapaces de responder. Algunos contestaron que era la gravitación o dieron alguna otra razón. Una pequeña, de mente despierta, respondió con otra pregunta: “¿A dónde caería?”. La pregunta no tiene sentido. ¿A dónde habría de caer la tierra? Para la tierra no hay caída ni ascensión, en el espacio infinito, no hay arriba o abajo; esto existe sólo en lo relativo. Para el Infinito, ¿Qué es el ir o el venir? ¿De dónde vendría y a dónde iría?

Así, cuando la gente cese de pensar en el futuro o en el pasado, cuando renuncie a la idea del cuerpo ―puesto que el cuerpo nace, muere, es limitado― habrá alcanzado un ideal más elevado. El cuerpo no es el Hombre Real y la mente tampoco, por cuanto ella también crece y decrece. Es el Espíritu, que está más allá, el que puede vivir eternamente. El cuerpo y la mente, por el contrario, cambian de continuo, y de hecho, no son más que los nombres de una serie de fenómenos cambiantes, como los ríos cuyas aguas están en constate fluir y que, sin embargo, presentan el aspecto de una corriente ininterrumpida. En nuestro cuerpo, toda partícula se transforma continuamente; nadie tiene el mismo cuerpo durante muchos minutos seguidos; y, sin embargo, lo consideramos siempre el mismo.

Igualmente; sucede con la mente: feliz un instante, infeliz al siguiente; ora fuerte, ora débil; un torbellino siempre cambiante. Esto no puede ser el Espíritu, que es infinito. El cambio sólo puede estar en lo limitado. Decir que lo Infinito cambia de alguna manera, sería absurdo; eso no puede ser. Ustedes pueden moverse, y yo también, en la medida de nuestros cuerpos limitados; cada partícula de este universo está en un estado permanente de flujo y reflujo; pero si se considera al universo en su conjunto como constituyendo una sola unidad, entonces no puede moverse, no puede cambiar.

El movimiento es siempre una cosa relativa; yo me muevo con relación a alguna cosa. No importa cuál partícula de este universo puede cambiar con relación a cualquier otra; pero tomemos todo el universo como unidad: entonces, ¿con relación a qué puede desplazarse? Fuera de él no hay nada. De ahí que esta Unidad infinita sea incambiable, inmutable, absoluta, y éste es el Hombre Real. Nuestra realidad consiste, pues, en lo Universal y no en lo que es limitado. Es un viejo error, por cómodo que fuere, el tomarnos por pequeños seres limitados, siempre cambiantes. La gente se asusta cuando se les dice que son el Ser Universal, presente en todas partes. A través de todo lo que haces; a través de cada pie que mueves, a través de cada labio que hablas; a través de cada corazón que sientes.

La gente se asusta cuando se les dice esto. Les preguntarán repetidas veces, si podrán mantener su individualidad o no. Su individualidad, ¿Qué es? Desearía verla. Un niño no tiene bigote; pero cuando sea hombre, puede ser que tenga barba y bigote. Sus individualidad estaría perdida si estuviera en el cuerpo. Si yo pierdo un ojo o una de mis manos, mi individualidad se perdería si estuviera en mi cuerpo. Un borracho no debería renunciar a la bebida, por miedo a perder su individualidad. Un ladrón no debería volverse un hombre honesto por temor a perder su individualidad. Si cediéramos a ese temor, ninguno de nosotros osaría cambiar sus hábitos. No hay individualidad, salvo en lo Infinito. Es la única condición que no cambia. Todo lo demás se halla en un estado de un continuo fluir.

La individualidad tampoco puede estar en la memoria. Supongan que un golpe en la cabeza me hiciera olvidar todo mi pasado; entonces yo habría perdido toda individualidad, habría desaparecido. Yo no recuerdo los dos o tres primeros años de mi infancia; si la memoria y la existencia son una, entonces, lo que yo olvido, ha desaparecido. La parte de mi vida que no recuerdo, no la he vivido. Es ésta una noción bien estrecha la de individualidad.

Todavía no hemos llegado a ser individuos. Nos esforzamos hacia la individualidad, y eso es lo Infinito, nuestra naturaleza real. Sólo vive aquel cuya vida está en todo el universo, y mientras más concentramos nuestra vida sobre objetos limitados, más rápido vamos hacia la muerte. En realidad, nuestros únicos momentos de verdadera vida son aquéllos en que vivimos en el universo, en los otros; vivir esta pequeña vida es la muerte, sencillamente la muerte; y es a causa de ello que se siente miedo a la muerte. El miedo a la muerte no puede ser conquistado hasta tanto el hombre comprenda que vivirá mientras haya una vida en nuestro universo. Cuando pueda decir; “Yo estoy en todo, en todos; estoy en todas las vidas, soy el universo”, entonces, solamente, llega el estado en que el temor es desterrado.

Es absurdo hablar de inmortalidad en lo que cambia sin cesar. Uno de nuestros antiguos filósofos decía: solamente el Espíritu es el individuo [no-dividido], porque es infinito. El Infinito no puede ser dividido; el Infinito no puede ser seccionado. Es por siempre la misma Unidad única, indivisa, y ella constituye el hombre individual, el Hombre Real. El hombre aparente es simplemente una tentativa de expresar, de manifestar esa individualidad que está más allá, y la evolución no está en el Espíritu. Las modificaciones que se producen ―el malo que se vuelve bueno, el animal que se vuelve hombre, tómenlo de cualquier manera que lo consideren― no tienen lugar en el Espíritu. Son la evolución de la naturaleza y la manifestación del Espíritu.

Supongan que hubiera aquí, ocultándose de mí, una pantalla con un pequeño agujero por el cual yo puedo ver algunos de los rostros que están frente a mí, sólo algunos. Supongan entre tanto, que el agujero se agranda cada vez mas; al mismo tiempo, se me aparece una parte cada vez más grande de la escena que está delante de mí, y finalmente, la pantalla entera desaparece y me hallo frente a todos ustedes. En este ejemplo ustedes no han cambiado nada; fue el agujero que se agrandó y así fueron manifestándose gradualmente. Lo mismo sucede con el Espíritu. No hay ninguna perfección que alcanzar. Ya son ustedes libres y perfectos.

¿Qué son estas ideas de religión y de Dios, y esta búsqueda del más allá? ¿Por qué el hombre busca un Dios? ¿Por qué el hombre, en todas partes, en cada etapa de la sociedad, quiere tener un ideal perfecto, ya sea en el hombre, o en Dios, o en cualquier otra cosa? Porque esa idea está en ustedes. Eran los latidos de su propio corazón y no lo sabían; lo han tomado por algo exterior. Es Dios dentro de su propio ser que los mueve a buscarlo, a realizarlo. Después de la larga búsqueda, aquí y allá, en templos y en iglesias, en la tierra y en los cielos, vuelven finalmente, cerrando el círculo, allí donde habían comenzado, en su propia alma; y se encuentran con que Aquél que han buscado por el mundo entero, por Quien han llorado y rezado en iglesias y templos, a Quien buscaban como el misterio de todos los misterios envuelto en las nubes, está más próximo que lo más próximo, en su propio Yo, en la realidad de sus vidas, de sus cuerpos y de sus almas. Esa es su naturaleza real.

Afírmenla, manifiéstenla. No para volverse puros, puesto que ya lo son. No tienen que volverse perfectos, ya lo son. La naturaleza es como esa pantalla que les oculta la realidad del más allá. Todo buen pensamiento que tenga lugar en sus mentes o que se traduce en sus actos, desgarra el velo, podría decirse, y la pureza, lo Infinito, el Dios que está detrás del velo, se muestra más y más.

He aquí toda la historia del hombre. Cuanto más diáfano se vuelve el velo, más se transparenta la luz que brilla detrás, puesto que el brillar es la naturaleza de la luz. Ella no puede ser conocida; en vano intentamos conocerla. Si fuera cognoscible, no sería lo que es, el eterno sujeto. El conocimiento es una limitación, una objetivación. El sujeto eterno de todas las cosas, el testigo eterno en este universo, es el propio Yo de ustedes. El conocimiento, podría decirse, es un paso en descenso, una degeneración. Ya somos ese eterno sujeto, ¿cómo podemos conocerlo? Él es la naturaleza real de cada hombre, que se esfuerza por manifestarse de diversas maneras; de no ser así, ¿por qué habría tantos códigos éticos? ¿Dónde podemos encontrar la explicación de toda ética? Hay una idea, expresada en diversas formas, que se desprende como elemento central de todos los sistemas de moral, y es: Hagan el bien. El móvil que inspira las acciones de los hombres debería ser la caridad para con los hombres, la caridad para con todos los animales. Éstas son siempre diversas maneras de expresar esta verdad eterna: “Yo soy el Universo; este Universo es uno”. Si no, ¿dónde está la razón de ello? ¿Por qué haría el bien a otros? ¿Qué es lo que me obliga a hacerlo? Es la simpatía, el sentimiento de la identidad universal. Aun los corazones más endurecidos experimentan, algunas veces, simpatía por otros seres. Aun el hombre que se espanta cuando se le dice que esta pretendida individualidad no es más que una ilusión, que es innoble querer aferrarse a esta individualidad aparente, ese mismo hombre les dirá que el centro de toda moralidad es la renuncia al yo. Más, ¿qué es la perfecta renuncia de sí mismo? Significa la renuncia al yo aparente, la renuncia de todo egoísmo.

La idea de “yo” y de “mío” ―ahamkara y mamatá― es el resultado de las supersticiones del pasado, y cuanto más se desvanece ese yo, más se manifiesta el Yo real, el Ser. El centro, base y esencia de toda enseñanza ética es la verdadera renuncia de sí mismo; sépalo o no el hombre, es hacia esto que lentamente evoluciona el mundo entero; esto es lo que el mundo trata más o menos de realizar. Sólo que la mayor parte de la humanidad lo hace en forma inconsciente. ¡Que lo haga conscientemente! ¡Que haga el sacrificio sabiendo que ese “yo” y ese “mío” no es el Yo real; es solamente una limitación. Sólo una vislumbre de esa infinita realidad que está detrás, sólo una chispa de ese fuego infinito que es el Todo, representa el hombre presente; lo Infinito es su verdadera naturaleza.

¿Cuál es la utilidad, cuál el efecto, cuál el resultado de este conocimiento? En nuestros días, tenemos que valorar todo según la utilidad, según la cantidad de libras, chelines y peniques que una cosa representa. ¿Qué derecho hay de pedir que la verdad sea juzgada en términos utilitarios o de dinero? Supongan que su utilidad fuera nula, ¿sería por eso menos verdad? La utilidad no es la prueba de la verdad. Sin embargo, la verdad es la más alta utilidad. La felicidad, lo vemos, es lo que todo el mundo busca, pero la mayoría la busca en cosas que son efímeras y no reales. Jamás se ha encontrado la felicidad en los sentidos; nadie la ha encontrado nunca en los goces que ellos proporcionan. La felicidad sólo se encuentra en el Espíritu. Por eso, lo más útil para la humanidad es encontrar esa dicha en el Espíritu. El punto siguiente es éste: la ignorancia es la madre prolífera de todas las miserias; en consecuencia, la ignorancia fundamental es pensar que el Infinito llora y solloza, que es limitado. La base sobre la cual reposa toda la ignorancia es que nosotros ―el Espíritu perfecto, inmortal, por siempre puro― pensamos que somos pequeñas mentes, pequeños cuerpos; ésta es la fuente de todo egoísmo. Tan pronto como pienso que soy un pequeño cuerpo, quiere conservarlo, protegerlo, mantenerlo hermoso, a expensas de otros cuerpos; entonces, ustedes y yo nos separamos. En cuanto llega esta idea de separación, abre la puerta a todos los males y nos conduce a todas las miserias. Y ésta es la utilidad; si una pequeña fracción de la humanidad actual puede dejar de lado la idea de egoísmo, de estrechez, de pequeñez, esta tierra será mañana un paraíso; pero con máquinas y el desarrollo del conocimiento material solamente, no llegará a serlo. Con esto no se hará sino aumentar la miseria, tal como el aceite que volcado sobre el fuego no puede sino avivar la llama. Sin el conocimiento del Espíritu, todo conocimiento material no hace más que volcar aceite sobre el fuego, no hace más que poner en las manos del hombre egoísta, un instrumento más con el cual apoderarse de los bienes de los otros, para vivir a costa de la vida ajena, en vez de dar su vida por los demás.

¿Esto esto práctico? ― es otra pregunta. ¿Puede se practicado en la sociedad moderna? La verdad no rinde homenaje a ninguna sociedad, antigua o moderna. La sociedad debe rendir homenaje a la verdad, o perecer. Las sociedades deben ser moldeadas sobre la verdad; la verdad no tiene por qué adaptarse a la sociedad. Si una verdad tan noble como el altruismo no puede ser practicada en la sociedad, es mejor que el hombre renuncie a esa sociedad y se retire al bosque. Éste sería un hombre osado. En efecto, hay dos clases de coraje: Uno es el que permite hacer frente a un cañón, y el otro es el de la convicción espiritual. Un emperador que había invadido la India, había recibido de su preceptor el consejo de ir a ver a algunos de los sabios que vivían en ese país. Después de una larga búsqueda, encontró a un hombre muy viejo sentado sobre un bloque de piedra; conversó algo con él y quedó muy impresionado por su sabiduría. El emperador le pidió que fuera con él a su país.

“No ―respondió el anciano―, estoy muy satisfecho aquí, en mi bosque”. “Te daré ―dijo el emperador― dinero, posición, riquezas; yo soy el emperador del mundo”. “No ―volvió a responder el sabio― esas cosas no me interesan”. “Si no vienes, te mataré” ―replicó el emperador. El anciano sonrió apaciblemente y dijo: “Ésa es la cosa más insensata que puedes haber dicho, emperador. Tú no puedes matarme. A mí, el sol no puede secarme, el fuego no puede quemarme, la espada no puede matarme, porque yo soy el no-nacido, el no-muerto, el siempre viviente, omnipotente, omnipresente Espíritu”. Ésta es la intrepidez espiritual, mientras que lo otro es el coraje de un león o de un tigre. Durante la sublevación de 1857, un swami (monje), un alma muy grande, fue mortalmente herido de una puñalada por un sedicioso mahometano. Los sublevados hindúes se apoderaron del agresor, lo condujeron ante el swami y le preguntaron si quería que lo matase. Pero el swami lo miró dulcemente, y le dijo al mahometano: “¡Hermano mío, tú eres Él, tu eres Él!” y expiró. Éste es otro ejemplo.

La sociedad más grande es aquélla en la cual las verdades más elevadas se vuelven prácticas. He aquí mi opinión. Y si la sociedad no está pronta a recibir las verdades más elevadas, prepárenla, cuanto antes mejor. ¡Yérganse, hombres y mujeres, en este espíritu, atrévanse a creer en la Verdad, osen practicar la Verdad! El mundo necesita algunos centenares de hombres y mujeres intrépidos. Practiquen esta intrepidez que osa creer en la verdad, que se atreve a traducir la verdad a la vida, que no tiembla delante de la muerte; más aún, para quien la muerte es bienvenida; que hace que el hombre sepa que él es el Espíritu y que nada, en todo el universo, puede matarlo. Entonces, ustedes serán libres. Entonces conocerán su verdadera Alma. “Primero debes oír hablar de ese Atman, después reflexionar sobre Él, y por último, meditar en Él”.

Nos hemos hipnotizado a nosotros mismos con el pensamiento de que somos pequeños, de que hemos nacido y de que vamos a morir, y de que debemos vivir en este estado de continuo temor. Desde la infancia se enseña a los hombres, que son débiles y pecadores. Enséñenles que todos son hijos gloriosos de la inmortalidad, aun aquéllos que más débiles parecen. Hagan penetrar en su cerebro, desde la infancia, pensamientos positivos, fuertes, benéficos. Ábranse, ustedes mismos, a estos pensamientos y no aquéllos que debilitan y paralizan. Digan a su propia mente: “Yo soy Él, yo soy Él”. Que esto resuene día y noche en su mente como una canción, y en el momento de morir afirmen: “Yo soy Él”. Ésta es la verdad; la fuerza infinita del mundo es suya. Arrojen la superstición que ha recubierto su mente. Seamos valientes. Conozcan la Verdad y practiquen la Verdad. Puede ser que la meta esté distante, pero despierten, levántense y no se detengan hasta alcanzar la meta.

Fuente: Swami Vivekananda - Jnana Yoga (Cap. II)